Carlos Monsiváis entró al auditorio del Celarg como si se hubiera equivocado de sala. Si llegó hasta el escenario, no era porque el camino estaba claramente trazado, sino, más bien, porque los asistentes que estaban atrás de él, prácticamente lo llevaron a empujones. Las personas se apresuraban a sentarse y reservaban los puestos vecinos como si él les fuera a quitar el asiento.
Subió al podium con la cabeza gacha. Un escritorio gris estaba en el centro y una silla del mismo color combinaba con su traje y su cabello. Miró al auditorio sin poder ver a nadie. Extendió sus piernas y las cruzó como si estuviera en su casa. El auditorio estaba en total silencio.
Monsiváis develó lo que hasta ese momento era un misterio para el público: el tema de su discurso. Quienes organizaron el evento sabían que él arrastraría público, no sólo por sus reflexiones sobre literatura y cultura es reconocido, además de divertido; por declarar admiración al sub-comandante Marcos y a Gloria Trevi -en su momento-; por aparecer en un video clip de Luis Miguel o por las ironías que destila cuando habla sobre política y televisión. Sin embargo, existía el temor de que nadie viniera si decían que hablaría sobre la literatura mexicana. Triste dilema que nunca podrá dilucidarse.
-La demografía se ha ampliado pero se ha restringido la lectura gracias a que el imperio de los medios electrónicos sólo enseña el culto a la tecnología y al neoliberalismo. La penetración de la imagen electrónica ha hecho que abandonemos la fe individual, mientras que el pesimismo de los letrados, la devastación económica y la crisis política, están conformando una sociedad civil que paradójicamente anda en busca del autoritarismo.
Su discurso es un cóctel de aforismos. Critica a la literatura y al neoliberalismo al mismo tiempo y sin ningún pudor.
"Al neoliberalismo le interesa el encumbramiento de una minoría."
"Mucha de la poesía que se escribe ya estaba escrita."
"Existe un desprecio neoliberal por la humanidades."
"Ir al diccionario es exiliarse."
"Ser universitario es una limitación para conseguir empleo."
"¿Quién es el autor de la novela María de Jorge Isaacs?"
Y entre frase y frase, el público se ríe y hace silencio.
La vida como melodrama
La televisión es uno de los temas que no deja de abordar cuando habla de cultura, así esté hablando de literatura. En su hablar pausado podemos entender que entre la sociedad y la televisión se desconoce cuál es el espejo. “La sociedad de hoy carece de sentido de culpa frente a su amnesia: a nadie le duele no recordar a los famosos de la TV; tiene más información a su alcance y más ganas olvidarse de los hechos informativos; y es más tolerante, más abierta, más crítica y mucho menos segura de su porvenir inmediato”.
Monsiváis no duda de que es posible pasarse la vida sin leer. “No existe un sentimiento de culpa de los iletrados” gracias a que la televisión ha utilizado con eficacia persuasiva el discurso de folletín: el melodrama.
-La familia latinoamericana está normada por frases y gestos del melodrama televisivo. Es muy común escuchar: “Si te vas por esa puerta, olvídate que soy tu padre”. “O te acuestas conmigo o te acuso con mi madre”.
-¿Ud. consideraría que los políticos utilizan el lenguaje del melodrama para ser más eficaces a la hora de captar más adeptos?
-No sé si son eficaces, pero un presidente dijo en plena Asamblea: “Yo defenderé el peso como un perro”. Así como ningún presidente ha dejado de besar la Constitución en público o ante las cámaras de televisión. No hay dudas de que ese libro debe ser muy erótico. También hay quienes besan una cruz.
País riesgo literario
En tiempos de globalización todo intelectual que se preste, debe tener una posición sobre el asunto: “Hay que humanizarla”.
-Resistir es como retroceder a la era pre-tecnológica. Hay que ser global localmente.
El subdesarrollo sólo se ha evidenciado en Latinoamérica en lo económico porque en materia de literatura no hay señales de lo que padecen nuestros pueblos económica y socialmente. Más bien, hemos logrado no ser catalogados como un “país riesgo literario”, aunque los políticos y gobernantes cuando hablan pongan todo su empeño.
-Si Cantinflas no fue un modelo, sí fue un profeta de los tiempos por venir. ¿Quién es más cantinflesco, Cantinflas con: "Hay momentos en la vida que son verdaderamente momentáneos" o Alfonso Martínez Domínguez con: "El PRI llega a los lugares en donde la mano de Dios no ha puesto el pie".
MEZCAL MONSIVÁIS
El destino y el olvido
El destino del mexicano y del ruso y del venezolano y del australiano está marcado por el olvido, sin el olvido la humanidad sería un interminable servicio funerario donde todos nos la pasaríamos recordando a los que ya no están y a los que todavía no llegan.
Héroes y TV
De la Independencia y de la Revolución surgen los héroes nacionales pre-tecnológicos, a partir del imperio de la tecnología el heroísmo verdadero radica en la capacidad de los medios electrónicos, no en las personas. La TV no produce héroes ni heroínas, produce profusamente adornos de esa verdadera saña que es la posibilidad de aburrirse teniendo a disposición 50 canales.
Ídolos
Si alguna vez dije que "El Santo, El Enmascarado de Plata" es un ídolo es porque me gusta decir obviedades.
La Trevi
Admiré a Gloria como un fenómeno de juventud, de energía y de enorme desenfado. El proceso me mostró a una joven exactamente opuesto de lo que se había visto en los escenarios y los discos.
Gatos
La oportunidad de ver la belleza indolente en movimiento.
Filosofía y tacos
Un filósofo que come tacos es como un financiero que se gana la vida con el sudor de su frente.
Zapatistas
El Movimiento Zapatista ha ayudado a los indígenas a hacerle ver al país la monstruosidad del racismo que hemos padecido y que seguimos padeciendo. Desde el 10 de enero de 1994 el EZLN no ha disparado un tiro. Esa voluntad de paz me parece una contribución inestimable.
18.7.02
17.6.02
La imaginación es más peligrosa que la realidad
Alzar el vuelo (Primer intento)
Resumir la vida de un hombre es una tarea ardua. Es por ello que me resisto a decir que Tomás Eloy Martínez, el autor de El vuelo de la reina, Premio Alfaguara de novela 2002, nació en Tucumán, Argentina, en 1934, escribió libretos para el cine y la televisión. Si dijera eso, caería en la tentación de decir que fue crítico cinematográfico en el periódico La Nación e integró el equipo de dirección del semanario Primera Plana, antes de dirigir La Opinión Cultural y la revista Panorama y formó parte del equipo creador del diario Página 12. Todo esto lo hizo en Argentina, mientras que en Venezuela, donde vivió entre 1975 y 1983, fundó El Diario de Caracas e implantó el estilo del nuevo periodismo en este periódico. Actualmente es colaborador de El Nacional de Venezuela, El País de España y The New York Times de EEUU.
Hasta aquí, la vida ha quedado resumida en unas cuantas líneas y todavía no hemos contado las otras novelas que ha publicado: Sagrado (1969), La novela de Perón (1985), La mano del amo (1991) y Santa Evita (1995). También publicó un libro de relatos: Lugar común la muerte (1979) y otro de trabajos periodísticos: La pasión según Trelew (1974). Dejemos que corra su voz.
Levantar el vuelo (Segundo intento)
Mis inicios en la literatura comienzan a los 11 o 12 años. Vivía con mis padres en una casa en las montañas cerca de Tucumán. Todos los días íbamos a la ciudad en las mañanas porque allí quedaba la escuela, al mediodía almorzaba en casa de mi abuela con mis hermanas y en las tardes, alguien nos llevaba a casa.
Un buen día aparece un circo y le pido permiso a mi padre para ir y el me lo niega aludiendo que allí sólo dicen obscenidades. De todas maneras fui. Llegando a la carpa de telones raídos había gitanas que leían la mano, las cartas, gente que vendía bebidas que curaban todo tipo de mal incluyendo el reumatismo.
En la entrada del circo me sorprendió ver una chica que estaba en una écuyère. Era delgadísima y pálida. Vi la función de los perros, los malabaristas, un espectáculo de poca monta que, para un niño de esa edad, es toda una revelación. Al final del espectáculo, el dueño invita a los asistentes a la obra de teatro La tísica. En ese momento debí haberme marchado del circo para llegar a tiempo a la casa de mi abuela y no quedar al descubierto pero me quedé porque la protagonista era la muchacha delgada y pálida de la entrada de la que había quedado prendado.
Cuando terminó la obra era tardísimo y en casa todos estaban preocupados. No era para menos. Me habían buscado por todos lados, en los hospitales, en la policía. Mis padres me pusieron un castigo inmisericorde: cero cine y cero lectura de libros por un mes. Fue entonces cuando decidí escribir en relatos el rencor y lo injusto que eran conmigo. Sin embargo, el mundo de la ficción se me abrió gracias a que al lado de la casa de mi abuela vivía un anciano coleccionista de estampillas, con el que me encerraba todas las tardes a ver las imágenes del mundo atrapadas en esos ínfimos rectángulos.
En aquellos relatos, yo entraba caminando en el paisaje de una estampilla de correos -creo que era una estampilla de Guinea-. Ese simple acto de transmigración y de transfiguración me permitió viajar, o imaginar que viajaba, desde el paraje exótico donde desembarqué a todas las otras geografías. Me permitió entrar en la intimidad de infinitas casas, entender incontables dialectos sin saber ninguno, y compartir todas las felicidades y tragedias. En una de esas, mi madre se percata que estoy escribiendo y me pide para leerlo. Ella, que definitivamente es una mujer inteligente, lo confisca y me pide que le escriba un poema para ella, cosa que hice con agrado. Un tiempo después entendí que es más peligrosa la imaginación que la realidad.
Concursos al vuelo (tercer intento)
He concursado en pocas oportunidades porque no tengo suerte. La primera vez lo hice en Tucumán con poesía y gané algo así como si hoy fuera 15 mil dólares. Al año siguiente lo gané en narrativa. Hasta ahí todo iba bien con los concursos. Me fui a Buenos Aires y mis compañeros me auparon para que concursara con unos poemas que había seleccionado a un premio de una editorial prestigiosa. El jurado le dio el premio a otro libro aunque ellos consideraban que el mío era mejor en cuanto al oficio pero había un detalle que faltaba en el poemario: la pasión. Razón tan contundente que decidí no escribir más poesía. Hoy agradezco que no me hayan dado el premio. Ahora sólo escribo para consumo personal y por cuestiones de respeto, con el género y con los lectores, las engaveto.
Santa Evita concursó en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos de 1996 y no tuvo suerte. Quien ganó, Angeles Mastretta, realmente no mereció ganarla con esa obra, con Mal de amores. No quiero decir que Santa Evita sea mejor que Mal de amores, no. Y mucho menos que sea un mal libro. Pero de toda la obra de Mastretta, este libro no era merecedor de este Premio.
Por esa razón decido no participar en concursos. Cuando terminé El vuelo de la reina se la entregué a mi agente literario para que la ofrezca a las editoriales pero a él le pareció que valía la pena presentarlo al Premio Alfaguara de novela 2002. Y así fue. Aunque el ganarlo fue una sorpresa, no me lo esperaba en modo alguno. En Argentina además se lo tomaron muy a pecho, porque dijeron que entre tantas malas noticias por fin recibían una buena.
El vuelo de la ficción y la realidad (cuarto intento)
La “Nota final” de El vuelo de la reina reza lo siguiente: “Todos los personajes y lugares de esta novela, aún los que parecen tomados de la realidad, corresponden al orden de la ficción. Leerlos de otro modo violentaría su naturaleza”. Generalmente estas notas se colocan al principio. Si Tomás Eloy Martínez hubiera seguido la costumbre de estos enunciados, el lector habría violentado la naturaleza de la novela o de la realidad. Aunque explique de lo que escribe:
“Las tres últimas novelas que he escrito, La mano del amo, Santa Evita y El vuelo de la reina, en tanto siguen sin resolver la identidad entre ficción y realidad, se mueven en el camino del medio, entendiendo el medio en el mismo sentido de Gilles Deleuze: como el lugar del movimiento, del pasaje, el punto de máxima velocidad, el imprevisto y vulnerable punto por donde las cosas empujan. ¿Medio entre qué y qué, podría preguntarse? Medio o línea del medio en la que todo cabe, todo vale: en la que el lenguaje se nutre hasta de aquello que la tradición podría considerar como escoria, como no literatura, mientras, a la vez, se afana en busca de un orden verbal, de una estructura capaz de descubrir la realidad como otra cosa: como una transfiguración o epifanía. De esa manera, el camino del medio no es la búsqueda de un promedio, de una conciliación entre contrarios sino, como diría Deleuze, es la fruición por el exceso.”
La duda vuela (quinto y último intento)
He sido periodista y creo seguirlo siendo porque todavía escribo artículos para periódicos. El periodismo no es algo que tú elijas. Ejerciendo este oficio aprendí a separar al escritor que puede escribir en los periódicos del que escribe novelas. La persona que escribe una cosa y la otra es la misma. El que hace periodismo piensa siempre en el lector, pero quien escribe literatura, si piensa en el público, está perdido.
En El vuelo de la reina todo es ficción. Al lector le planteo una duda que va recorriendo todo el libro. Está en él dar con las claves. Varios amigos, entre ellos García Márquez, quien fue el primero en leer la novela, me han planteado que la estructura de la novela les genera una incertidumbre constante o que del personaje G. M. Camargo sólo hay algunos indicios de su vida pasada y no hay detalles de su ascenso social. Si hubiera explicado al detalle cada uno de los cabos sueltos desde el principio no estuviera haciendo literatura sino periodismo.
En el periodismo no hay posibilidad de dudar, de inventar algo. Y sobre todo, no existe la ficción. Si sembramos una duda tratamos de responderla. Realizamos una investigación y corroboramos los datos. En la novela la ficción se impone y los hechos son voluntad del personaje. "Lo demás es silencio", como diría Shakespeare.
El vuelo del escritor (P. S.)
Me hubiera gustado escribir Don Quijote de La Mancha. Me encanta como Cervantes logró destilar la vida con este personaje. De escoger algún libro, sería este pero si quieres que te diga de algún contemporáneo, te puedo decir Los inconsolables, de Kanzo Ishiguro.
Resumir la vida de un hombre es una tarea ardua. Es por ello que me resisto a decir que Tomás Eloy Martínez, el autor de El vuelo de la reina, Premio Alfaguara de novela 2002, nació en Tucumán, Argentina, en 1934, escribió libretos para el cine y la televisión. Si dijera eso, caería en la tentación de decir que fue crítico cinematográfico en el periódico La Nación e integró el equipo de dirección del semanario Primera Plana, antes de dirigir La Opinión Cultural y la revista Panorama y formó parte del equipo creador del diario Página 12. Todo esto lo hizo en Argentina, mientras que en Venezuela, donde vivió entre 1975 y 1983, fundó El Diario de Caracas e implantó el estilo del nuevo periodismo en este periódico. Actualmente es colaborador de El Nacional de Venezuela, El País de España y The New York Times de EEUU.
Hasta aquí, la vida ha quedado resumida en unas cuantas líneas y todavía no hemos contado las otras novelas que ha publicado: Sagrado (1969), La novela de Perón (1985), La mano del amo (1991) y Santa Evita (1995). También publicó un libro de relatos: Lugar común la muerte (1979) y otro de trabajos periodísticos: La pasión según Trelew (1974). Dejemos que corra su voz.
Levantar el vuelo (Segundo intento)
Mis inicios en la literatura comienzan a los 11 o 12 años. Vivía con mis padres en una casa en las montañas cerca de Tucumán. Todos los días íbamos a la ciudad en las mañanas porque allí quedaba la escuela, al mediodía almorzaba en casa de mi abuela con mis hermanas y en las tardes, alguien nos llevaba a casa.
Un buen día aparece un circo y le pido permiso a mi padre para ir y el me lo niega aludiendo que allí sólo dicen obscenidades. De todas maneras fui. Llegando a la carpa de telones raídos había gitanas que leían la mano, las cartas, gente que vendía bebidas que curaban todo tipo de mal incluyendo el reumatismo.
En la entrada del circo me sorprendió ver una chica que estaba en una écuyère. Era delgadísima y pálida. Vi la función de los perros, los malabaristas, un espectáculo de poca monta que, para un niño de esa edad, es toda una revelación. Al final del espectáculo, el dueño invita a los asistentes a la obra de teatro La tísica. En ese momento debí haberme marchado del circo para llegar a tiempo a la casa de mi abuela y no quedar al descubierto pero me quedé porque la protagonista era la muchacha delgada y pálida de la entrada de la que había quedado prendado.
Cuando terminó la obra era tardísimo y en casa todos estaban preocupados. No era para menos. Me habían buscado por todos lados, en los hospitales, en la policía. Mis padres me pusieron un castigo inmisericorde: cero cine y cero lectura de libros por un mes. Fue entonces cuando decidí escribir en relatos el rencor y lo injusto que eran conmigo. Sin embargo, el mundo de la ficción se me abrió gracias a que al lado de la casa de mi abuela vivía un anciano coleccionista de estampillas, con el que me encerraba todas las tardes a ver las imágenes del mundo atrapadas en esos ínfimos rectángulos.
En aquellos relatos, yo entraba caminando en el paisaje de una estampilla de correos -creo que era una estampilla de Guinea-. Ese simple acto de transmigración y de transfiguración me permitió viajar, o imaginar que viajaba, desde el paraje exótico donde desembarqué a todas las otras geografías. Me permitió entrar en la intimidad de infinitas casas, entender incontables dialectos sin saber ninguno, y compartir todas las felicidades y tragedias. En una de esas, mi madre se percata que estoy escribiendo y me pide para leerlo. Ella, que definitivamente es una mujer inteligente, lo confisca y me pide que le escriba un poema para ella, cosa que hice con agrado. Un tiempo después entendí que es más peligrosa la imaginación que la realidad.
Concursos al vuelo (tercer intento)
He concursado en pocas oportunidades porque no tengo suerte. La primera vez lo hice en Tucumán con poesía y gané algo así como si hoy fuera 15 mil dólares. Al año siguiente lo gané en narrativa. Hasta ahí todo iba bien con los concursos. Me fui a Buenos Aires y mis compañeros me auparon para que concursara con unos poemas que había seleccionado a un premio de una editorial prestigiosa. El jurado le dio el premio a otro libro aunque ellos consideraban que el mío era mejor en cuanto al oficio pero había un detalle que faltaba en el poemario: la pasión. Razón tan contundente que decidí no escribir más poesía. Hoy agradezco que no me hayan dado el premio. Ahora sólo escribo para consumo personal y por cuestiones de respeto, con el género y con los lectores, las engaveto.
Santa Evita concursó en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos de 1996 y no tuvo suerte. Quien ganó, Angeles Mastretta, realmente no mereció ganarla con esa obra, con Mal de amores. No quiero decir que Santa Evita sea mejor que Mal de amores, no. Y mucho menos que sea un mal libro. Pero de toda la obra de Mastretta, este libro no era merecedor de este Premio.
Por esa razón decido no participar en concursos. Cuando terminé El vuelo de la reina se la entregué a mi agente literario para que la ofrezca a las editoriales pero a él le pareció que valía la pena presentarlo al Premio Alfaguara de novela 2002. Y así fue. Aunque el ganarlo fue una sorpresa, no me lo esperaba en modo alguno. En Argentina además se lo tomaron muy a pecho, porque dijeron que entre tantas malas noticias por fin recibían una buena.
El vuelo de la ficción y la realidad (cuarto intento)
La “Nota final” de El vuelo de la reina reza lo siguiente: “Todos los personajes y lugares de esta novela, aún los que parecen tomados de la realidad, corresponden al orden de la ficción. Leerlos de otro modo violentaría su naturaleza”. Generalmente estas notas se colocan al principio. Si Tomás Eloy Martínez hubiera seguido la costumbre de estos enunciados, el lector habría violentado la naturaleza de la novela o de la realidad. Aunque explique de lo que escribe:
“Las tres últimas novelas que he escrito, La mano del amo, Santa Evita y El vuelo de la reina, en tanto siguen sin resolver la identidad entre ficción y realidad, se mueven en el camino del medio, entendiendo el medio en el mismo sentido de Gilles Deleuze: como el lugar del movimiento, del pasaje, el punto de máxima velocidad, el imprevisto y vulnerable punto por donde las cosas empujan. ¿Medio entre qué y qué, podría preguntarse? Medio o línea del medio en la que todo cabe, todo vale: en la que el lenguaje se nutre hasta de aquello que la tradición podría considerar como escoria, como no literatura, mientras, a la vez, se afana en busca de un orden verbal, de una estructura capaz de descubrir la realidad como otra cosa: como una transfiguración o epifanía. De esa manera, el camino del medio no es la búsqueda de un promedio, de una conciliación entre contrarios sino, como diría Deleuze, es la fruición por el exceso.”
La duda vuela (quinto y último intento)
He sido periodista y creo seguirlo siendo porque todavía escribo artículos para periódicos. El periodismo no es algo que tú elijas. Ejerciendo este oficio aprendí a separar al escritor que puede escribir en los periódicos del que escribe novelas. La persona que escribe una cosa y la otra es la misma. El que hace periodismo piensa siempre en el lector, pero quien escribe literatura, si piensa en el público, está perdido.
En El vuelo de la reina todo es ficción. Al lector le planteo una duda que va recorriendo todo el libro. Está en él dar con las claves. Varios amigos, entre ellos García Márquez, quien fue el primero en leer la novela, me han planteado que la estructura de la novela les genera una incertidumbre constante o que del personaje G. M. Camargo sólo hay algunos indicios de su vida pasada y no hay detalles de su ascenso social. Si hubiera explicado al detalle cada uno de los cabos sueltos desde el principio no estuviera haciendo literatura sino periodismo.
En el periodismo no hay posibilidad de dudar, de inventar algo. Y sobre todo, no existe la ficción. Si sembramos una duda tratamos de responderla. Realizamos una investigación y corroboramos los datos. En la novela la ficción se impone y los hechos son voluntad del personaje. "Lo demás es silencio", como diría Shakespeare.
El vuelo del escritor (P. S.)
Me hubiera gustado escribir Don Quijote de La Mancha. Me encanta como Cervantes logró destilar la vida con este personaje. De escoger algún libro, sería este pero si quieres que te diga de algún contemporáneo, te puedo decir Los inconsolables, de Kanzo Ishiguro.
20.5.01
Fuera de juego
El fútbol es una extraña pasión y más por estas tierras donde la derrota del equipo local es sentida por los extranjeros más que por los nacionales. Recuerdo que hace cuatro años una amiga fue a Puerto La Cruz y tomó una lancha que la llevaría lejos de toda humanidad para encontrarse con la naturaleza marina. En la lancha ella era la única nacional, mientras que los demás eran argentinos. Uno de ellos, en afán de cordializar, le preguntó a mi amiga nacional: -¿Che, qué te pareció el partido de ayer? -¿Cuál partido? -respondió ella -¿Cómo que cuál partido? Le metimos una goleada y ustedes ni se enteran. Qué pelotudos...
Aquí nadie se entera cuándo son los partidos porque el signo de la derrota se lleva en silencio. Todavía me resulta difícil de entender por qué el equipo de Venezuela cuando juega, lo hace porque no hay más remedio, porque tiene que cumplir con un compromiso. Está demostrado que cuando uno va obligado a la fiesta, como quien dice, pueden que hagan guasa contigo. Y más aún, saber que el equipo contrario cuenta de antemano los puntos de la victoria y pone a la banca de titular.
Pero la gracia de un partido de fútbol no es sólo que dos equipos vayan a su encuentro, sino que exista un público que cante los goles, las faltas que el árbitro no vio, y decirle al equipo contrario que el nuestro viene guapo y apoyado. Recuerdo a un amigo inglés que decía con orgullo que él era del Cristal Palace a pesar de que había sido bajado de división pero por nada del mundo iría por otro equipo. Así como lo vi afligido cuando la mano de Maradona hizo trizas a su equipo inglés y a partir de allí, el Mundial ya no tenía sentido porque su equipo había quedado fuera.
Cuando hoy se intenta dar explicaciones psicológicas a las derrotas del equipo venezolano, me remonta a mi infancia donde algún trauma debe andar solapado en mi personalidad que siempre lo recuerdo cada vez que juega Venezuela por la clasificación para el Mundial de Fútbol. Mi equipo, en aquel entonces, pudo haber sido campeón de la liga ese año, pero gracias a que quedamos empatados en un partido crucial, nos tocó la copa de subcampeones. El gol de la victoria estaba en mis pies y yo no lo hice realidad. Debo acotar para mi salud mental que en las prácticas era defensa pero a la hora de jugar era puntero izquierdo. Nunca pregunté al técnico las razones por las que me colocaba en esa posición, más aún porque soy de pierna derecha. Debo confesar también que esta no era razón de mi rotundo fracaso como futbolista. Pero aquella vez, sólo tuve una oportunidad de meter el gol y no tuve el valor de hacerlo realidad. Tenía el balón frente a mi y también la portería. Sólo tenía que tocarla y entraba. Pero la toqué mal, con nerviosismo, y la pelota se fue por la última línea y yo contra el palo izquierdo. Todo eso pasó en menos de dos segundos. Hoy lo digo sin rubor, le tenía miedo a la pelota.
Digo todo esto porque me sorprendió el último escrito de Juan Carlos Santaella. En su afán de defenderse de Adriana Villanueva y de Cristóbal Guerra, no demostró ser el buen escritor de ensayos que es y a mi parecer quedó fuera de juego. Primero, al decir que tiene estadísticas que él sólo conoce -el 70% de los fanáticos del fútbol son mujeres- y no menciona la fuente; segundo, la tesis de la revancha freudiana de las mujeres contra sus maridos por tantos años de opresión machistas; y tercero, que todo el que ve o participa en este espectáculo es un tonto. Pero eso no es todo.
Además dijo que Benedetti era "un pésimo poeta" -puede que a nuestra edad ya no nos guste, pero debo admitir que descubrir los poemas de Benedetti en la adolescencia, dio buenos dividendos a la hora conseguir novias- y Soriano "a veces un buen narrador" -esto, no sé, pero me parece que es envidia- y se adhirió a la opinión de un ciego que dijo que "el fútbol es popular porque la estupidez es popular".
Es verdad, Borges dijo eso, entre muchas cosas, pero por ello no fue que no le dieron el premio sueco. Y utilizar esta muleta para tener la cara en alto realmente no parece cosa de un intelectual. Admite que no te apasiona el fútbol y que el equipo nacional no te ha alimentado ningún motivo personal para salir a gritar en su favor. Para qué buscar rodeos y tantas excusas. Es como parecerse a esos malos jugadores de fútbol, por cierto, que terminan siendo comentaristas o directores técnicos porque no les queda otra, así como a los pésimos escritores que terminan siendo críticos de literatura.
Dentro de poco vendrá Paraguay -mi equipo nacional- a jugar contra Venezuela y espero ir a verlo a la cancha a sabiendas de que vamos a ganar. Hace cuatro años presencié su victoria, jugando con la banca, en el estadio de Mérida y seguramente como aquel día, uno se va a olvidar por espacio de dos horas del país, de la inflación, de la chicha y la limonada porque es mejor la cerveza bien fría y, muy especialmente, nos olvidáramos de Chávez. Sí, durante dos horas el Presidente no será motivo de discusiones políticas estériles. Eso realmente es un buen motivo para ir a la cancha, además de las cervezas.
Recuerdo que caminando hacia el estadio, la gente iba alegre, cantando, ondeando banderas venezolanas, sin muchas preocupaciones. Pero como "este país es una vaina bien seria", como reza el epígrafe de País portátil -¿será un buen libro, Santaella?-, alguien, un venezolano, no me queda la menor duda, desde los edificios aledaños gritó: ¡Viva Paraguay!
Mientras escribo estas líneas, me llega un correo-e infortunado: Salvador Garmendia recibió el pitazo final de este partido que es la vida. No me quedan dudas de que ha sido el goleador de las letras venezolanas, ¿verdad Santaella?
Aquí nadie se entera cuándo son los partidos porque el signo de la derrota se lleva en silencio. Todavía me resulta difícil de entender por qué el equipo de Venezuela cuando juega, lo hace porque no hay más remedio, porque tiene que cumplir con un compromiso. Está demostrado que cuando uno va obligado a la fiesta, como quien dice, pueden que hagan guasa contigo. Y más aún, saber que el equipo contrario cuenta de antemano los puntos de la victoria y pone a la banca de titular.
Pero la gracia de un partido de fútbol no es sólo que dos equipos vayan a su encuentro, sino que exista un público que cante los goles, las faltas que el árbitro no vio, y decirle al equipo contrario que el nuestro viene guapo y apoyado. Recuerdo a un amigo inglés que decía con orgullo que él era del Cristal Palace a pesar de que había sido bajado de división pero por nada del mundo iría por otro equipo. Así como lo vi afligido cuando la mano de Maradona hizo trizas a su equipo inglés y a partir de allí, el Mundial ya no tenía sentido porque su equipo había quedado fuera.
Cuando hoy se intenta dar explicaciones psicológicas a las derrotas del equipo venezolano, me remonta a mi infancia donde algún trauma debe andar solapado en mi personalidad que siempre lo recuerdo cada vez que juega Venezuela por la clasificación para el Mundial de Fútbol. Mi equipo, en aquel entonces, pudo haber sido campeón de la liga ese año, pero gracias a que quedamos empatados en un partido crucial, nos tocó la copa de subcampeones. El gol de la victoria estaba en mis pies y yo no lo hice realidad. Debo acotar para mi salud mental que en las prácticas era defensa pero a la hora de jugar era puntero izquierdo. Nunca pregunté al técnico las razones por las que me colocaba en esa posición, más aún porque soy de pierna derecha. Debo confesar también que esta no era razón de mi rotundo fracaso como futbolista. Pero aquella vez, sólo tuve una oportunidad de meter el gol y no tuve el valor de hacerlo realidad. Tenía el balón frente a mi y también la portería. Sólo tenía que tocarla y entraba. Pero la toqué mal, con nerviosismo, y la pelota se fue por la última línea y yo contra el palo izquierdo. Todo eso pasó en menos de dos segundos. Hoy lo digo sin rubor, le tenía miedo a la pelota.
Digo todo esto porque me sorprendió el último escrito de Juan Carlos Santaella. En su afán de defenderse de Adriana Villanueva y de Cristóbal Guerra, no demostró ser el buen escritor de ensayos que es y a mi parecer quedó fuera de juego. Primero, al decir que tiene estadísticas que él sólo conoce -el 70% de los fanáticos del fútbol son mujeres- y no menciona la fuente; segundo, la tesis de la revancha freudiana de las mujeres contra sus maridos por tantos años de opresión machistas; y tercero, que todo el que ve o participa en este espectáculo es un tonto. Pero eso no es todo.
Además dijo que Benedetti era "un pésimo poeta" -puede que a nuestra edad ya no nos guste, pero debo admitir que descubrir los poemas de Benedetti en la adolescencia, dio buenos dividendos a la hora conseguir novias- y Soriano "a veces un buen narrador" -esto, no sé, pero me parece que es envidia- y se adhirió a la opinión de un ciego que dijo que "el fútbol es popular porque la estupidez es popular".
Es verdad, Borges dijo eso, entre muchas cosas, pero por ello no fue que no le dieron el premio sueco. Y utilizar esta muleta para tener la cara en alto realmente no parece cosa de un intelectual. Admite que no te apasiona el fútbol y que el equipo nacional no te ha alimentado ningún motivo personal para salir a gritar en su favor. Para qué buscar rodeos y tantas excusas. Es como parecerse a esos malos jugadores de fútbol, por cierto, que terminan siendo comentaristas o directores técnicos porque no les queda otra, así como a los pésimos escritores que terminan siendo críticos de literatura.
Dentro de poco vendrá Paraguay -mi equipo nacional- a jugar contra Venezuela y espero ir a verlo a la cancha a sabiendas de que vamos a ganar. Hace cuatro años presencié su victoria, jugando con la banca, en el estadio de Mérida y seguramente como aquel día, uno se va a olvidar por espacio de dos horas del país, de la inflación, de la chicha y la limonada porque es mejor la cerveza bien fría y, muy especialmente, nos olvidáramos de Chávez. Sí, durante dos horas el Presidente no será motivo de discusiones políticas estériles. Eso realmente es un buen motivo para ir a la cancha, además de las cervezas.
Recuerdo que caminando hacia el estadio, la gente iba alegre, cantando, ondeando banderas venezolanas, sin muchas preocupaciones. Pero como "este país es una vaina bien seria", como reza el epígrafe de País portátil -¿será un buen libro, Santaella?-, alguien, un venezolano, no me queda la menor duda, desde los edificios aledaños gritó: ¡Viva Paraguay!
Mientras escribo estas líneas, me llega un correo-e infortunado: Salvador Garmendia recibió el pitazo final de este partido que es la vida. No me quedan dudas de que ha sido el goleador de las letras venezolanas, ¿verdad Santaella?
| EL NACIONAL - DOMINGO 20 DE MAYO DE 2001 |
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