20.5.01

Fuera de juego

El fútbol es una extraña pasión y más por estas tierras donde la derrota del equipo local es sentida por los extranjeros más que por los nacionales. Recuerdo que hace cuatro años una amiga fue a Puerto La Cruz y tomó una lancha que la llevaría lejos de toda humanidad para encontrarse con la naturaleza marina. En la lancha ella era la única nacional, mientras que los demás eran argentinos. Uno de ellos, en afán de cordializar, le preguntó a mi amiga nacional: -¿Che, qué te pareció el partido de ayer? -¿Cuál partido? -respondió ella -¿Cómo que cuál partido? Le metimos una goleada y ustedes ni se enteran. Qué pelotudos...
Aquí nadie se entera cuándo son los partidos porque el signo de la derrota se lleva en silencio. Todavía me resulta difícil de entender por qué el equipo de Venezuela cuando juega, lo hace porque no hay más remedio, porque tiene que cumplir con un compromiso. Está demostrado que cuando uno va obligado a la fiesta, como quien dice, pueden que hagan guasa contigo. Y más aún, saber que el equipo contrario cuenta de antemano los puntos de la victoria y pone a la banca de titular.
Pero la gracia de un partido de fútbol no es sólo que dos equipos vayan a su encuentro, sino que exista un público que cante los goles, las faltas que el árbitro no vio, y decirle al equipo contrario que el nuestro viene guapo y apoyado. Recuerdo a un amigo inglés que decía con orgullo que él era del Cristal Palace a pesar de que había sido bajado de división pero por nada del mundo iría por otro equipo. Así como lo vi afligido cuando la mano de Maradona hizo trizas a su equipo inglés y a partir de allí, el Mundial ya no tenía sentido porque su equipo había quedado fuera.
Cuando hoy se intenta dar explicaciones psicológicas a las derrotas del equipo venezolano, me remonta a mi infancia donde algún trauma debe andar solapado en mi personalidad que siempre lo recuerdo cada vez que juega Venezuela por la clasificación para el Mundial de Fútbol. Mi equipo, en aquel entonces, pudo haber sido campeón de la liga ese año, pero gracias a que quedamos empatados en un partido crucial, nos tocó la copa de subcampeones. El gol de la victoria estaba en mis pies y yo no lo hice realidad. Debo acotar para mi salud mental que en las prácticas era defensa pero a la hora de jugar era puntero izquierdo. Nunca pregunté al técnico las razones por las que me colocaba en esa posición, más aún porque soy de pierna derecha. Debo confesar también que esta no era razón de mi rotundo fracaso como futbolista. Pero aquella vez, sólo tuve una oportunidad de meter el gol y no tuve el valor de hacerlo realidad. Tenía el balón frente a mi y también la portería. Sólo tenía que tocarla y entraba. Pero la toqué mal, con nerviosismo, y la pelota se fue por la última línea y yo contra el palo izquierdo. Todo eso pasó en menos de dos segundos. Hoy lo digo sin rubor, le tenía miedo a la pelota.
Digo todo esto porque me sorprendió el último escrito de Juan Carlos Santaella. En su afán de defenderse de Adriana Villanueva y de Cristóbal Guerra, no demostró ser el buen escritor de ensayos que es y a mi parecer quedó fuera de juego. Primero, al decir que tiene estadísticas que él sólo conoce -el 70% de los fanáticos del fútbol son mujeres- y no menciona la fuente; segundo, la tesis de la revancha freudiana de las mujeres contra sus maridos por tantos años de opresión machistas; y tercero, que todo el que ve o participa en este espectáculo es un tonto. Pero eso no es todo.
Además dijo que Benedetti era "un pésimo poeta" -puede que a nuestra edad ya no nos guste, pero debo admitir que descubrir los poemas de Benedetti en la adolescencia, dio buenos dividendos a la hora conseguir novias- y Soriano "a veces un buen narrador" -esto, no sé, pero me parece que es envidia- y se adhirió a la opinión de un ciego que dijo que "el fútbol es popular porque la estupidez es popular".
Es verdad, Borges dijo eso, entre muchas cosas, pero por ello no fue que no le dieron el premio sueco. Y utilizar esta muleta para tener la cara en alto realmente no parece cosa de un intelectual. Admite que no te apasiona el fútbol y que el equipo nacional no te ha alimentado ningún motivo personal para salir a gritar en su favor. Para qué buscar rodeos y tantas excusas. Es como parecerse a esos malos jugadores de fútbol, por cierto, que terminan siendo comentaristas o directores técnicos porque no les queda otra, así como a los pésimos escritores que terminan siendo críticos de literatura.
Dentro de poco vendrá Paraguay -mi equipo nacional- a jugar contra Venezuela y espero ir a verlo a la cancha a sabiendas de que vamos a ganar. Hace cuatro años presencié su victoria, jugando con la banca, en el estadio de Mérida y seguramente como aquel día, uno se va a olvidar por espacio de dos horas del país, de la inflación, de la chicha y la limonada porque es mejor la cerveza bien fría y, muy especialmente, nos olvidáramos de Chávez. Sí, durante dos horas el Presidente no será motivo de discusiones políticas estériles. Eso realmente es un buen motivo para ir a la cancha, además de las cervezas.
Recuerdo que caminando hacia el estadio, la gente iba alegre, cantando, ondeando banderas venezolanas, sin muchas preocupaciones. Pero como "este país es una vaina bien seria", como reza el epígrafe de País portátil -¿será un buen libro, Santaella?-, alguien, un venezolano, no me queda la menor duda, desde los edificios aledaños gritó: ¡Viva Paraguay!
Mientras escribo estas líneas, me llega un correo-e infortunado: Salvador Garmendia recibió el pitazo final de este partido que es la vida. No me quedan dudas de que ha sido el goleador de las letras venezolanas, ¿verdad Santaella?

EL NACIONAL - DOMINGO 20 DE MAYO DE 2001
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