9.12.12

Los dinosaurios llamamos la atención en ocasiones


Su voz es inconfundible en la radio; está asociada a la música rock y es la imagen sonora de cadenas televisivas hispanas. Fue una suerte de aprendiz de Juan Pablo Pérez Alfonso. Confiesa que Federico Nietzsche es uno de sus filósofos preferidos y que escribe para que la gente se ría

por Raúl Cazal. Fotos: Avelino Rodrigues



Es un poco más de las 11 de la mañana. Iván Loscher termina sus casi dos horas de locución acompañado de Polo Troconis, en un programa radial que transmite entre semana Éxitos FM. Al bajar por las escaleras del área donde se encuentran los estudios, después del saludo, dice que ya regresa. Va a encender un cigarro a las afueras de las instalaciones. La recepcionista amplía con una sonrisa y sin reproches: “No puede evitarlo. Lo hace todos los días hasta dos veces. Baja los dos pisos y los vuelve a subir como si nada”.
Viste camisa a cuadros rojos y azules, bluyín y zapatos de goma, también rojos, que combina con el color de la correa de su reloj. De su brazo derecho cuelga un blazer azul que cuida mientras abre puertas y cede el paso hacia una oficina destinada a conferencias. Hay quienes piensan que su nombre es artístico, pero aclara en su brevísima biografía publicada en el blog de Éxitos que “su imaginación no da como para inventar un nombre tan rebuscado” y que “de niño tuvo lo que llamaba el filósofo Jean-Paul Sartre muchos proyectos existenciales, así que, luego de fracasar metódicamente en cada uno de ellos, y sin más proyectos por derrumbarse ruidosamente, desde 1968 se convirtió en ‘charlatán profesional’ o, si lo prefieren: ‘locutor’... de lo cual se enorgullece”.
La locución no lo hace versátil, y aunque no se considera un escritor, tiene publicados cerca de una decena de libros. Los más recientes son cuentos, entre ellos La venganza de la momia azteca, pero en sus inicios está Alternativas a la imposibilidad de sembrar el petróleo (1976), una extensa entrevista con Juan Pablo Pérez Alfonso, el Padre de la OPEP.
La idea de hacer ese libro nació después del último programa sobre ecología que grabó entre 1973 y 74 en Radio Capital. El invitado para cerrar este ciclo de programas fue Pérez Alfonso, quien tenía por costumbre no conceder entrevistas, pero esa vez, accedió.
PÉREZ ALFONSO TENÍA RAZÓN
La conversa fue muy interesante porque el viejo tenía idea de todo y yo quería conocerlo más. Me fui de viaje, de lunademielyquéséyo,yle dije que me iba a comprar una de esas camionetas que ruedan por todos lados con cocina y todo, y que iba a venirme por Centromérica. Él me preguntó si iba a pasar por Cuernavaca, por el instituto que dirigían Ivan Illich y Erich Fromm, aquel famoso psicoanalista. Y yo le dije que sí, pero no pasé, me fui para Nueva York y me quedé limpio. Me regresé en avión con mi esposa y mande la camioneta por barco. Lo llamo y le digo que no fui a Centroamérica. La conversa duró como un minuto, pero quería decirle algo más interesante: que quería hacer un libro sobre él”, cuenta Loscher.
La respuesta fue la acostumbrada: “Usted sabe que no acepto nada, ni memorias...”, pero Loscher fue “enredando la cosa” hasta lograr que se reunieran en su despacho para hablar del libro, sin entender de qué se trataba. Para su sorpresa, Pérez Alfonso aceptó, y Loscher le pidió un mes para estudiar sobre petróleo.
El primer día que voy a grabar, la cotorra duró como dos minutos. Enciendo el grabador y me empieza a hablar de los grados API y yo no sabía qué era eso. Ah, bueno, doctor. Creo que está bien por hoy’, le dije. ¡Una cagada total! El viejo se dio cuenta de que yo no sabía un carajo de nada. Habrá pensado: ‘Este bicho es un hippie loco’. Y quedamos en que yo volvería”, relata.
Loscher, con apenas 27 años de edad, no desistió. Y se convirtió en una especie de secretario honorario de Pérez Alfonso, que tenía 72 años. En la mañana lo ayudaba a leer los periódicos y por las tardes grababan ocasionalmente para el libro. “Era complicadísimo, porque Pérez Alfonso hablaba de educación y pasaba a otro tema”, comenta, y recuerda que terminó regando las páginas por el piso de su casa para poder ordenar los capítulos.
Aprendí muchísimo del tipo. Se fijaba muchísimo en las noticias que no parecían tener importancia. Ni siquiera en nuestro país, sino afuera, en el mundo. Tratar de hacer las cosas bien lo aprendí de Pérez Alfonso, porque era muy estricto en su trabajo. Recuerdo que una vez sacamos la cuota petrolera que dio Petroven –lo que ahora se llama Pdvsa– y empecé a ayudarlo a sacar las cuentas con una sumadora de aquella época. Era la primera vez que usaba una sumadora en mi vida. Él me dictaba y yo hacía la suma. Terminamos aquello no sé cuántos días después. Y él invitó a una rueda a los periodistas y dijo que Petroven estaba equivocada. Pensé que el viejo estaba loco’e bola, porque no sabía si yo hice esa suma bien. Y resultó que tres semanas después Petroven publicó que realmente Pérez Alfonso tenía razón”, explica.
LA MÚSICA ES UNA MERCANCÍA
En la radio de los años 70, cuando estaba en Radio Capital, hacía y deshacía a su gusto musical. Sin embargo, para Loscher “lo pasado, pasó”. Considera que “los conceptos musicales han cambiado terriblemente y antes podía oír canciones que despertaban una cierta alegría, vigor o una racionalidad más alta”, pero hoy no la oye con ese criterio. Muchísimas veces ponía “Escaleras al cielo”. Ahora, para él es “una canción más”.
¿No tiene el mismo significado hoy?
Para nada. Uno va evolucionando, por llamarlo de alguna forma. Se me ha ido ampliando el criterio de intereses musicales. Oigo jazz de los años 30 y de los 40.
¿En aquella época escuchabas jazz?
No, no.
¿Había cierta resistencia...?
Era más bien como una especie de corolario: “El que oía rock estaba bien en la vida” o una estupidez semejante. O cultura fehaciente en pos del rock... Había mucho de tontería en esa época...
Creían ser la vanguardia...
Tal cual. Pensábamos que éramos la vanguardia de un mundo que vendrá algún día y que se dirimía en términos musicales y poéticos con base en el rock. Luego te vas dando cuenta de que la cosa no es así, que es diferente. Y en términos estrictamente del quehacer musical, por supuesto fui ampliando mi horizonte. Tuve una terrible fiebre por la salsa luego de que conocí a César Miguel (Rondón).
¿Han evolucionado el rock, la salsa, el jazz?
Creo que la salsa de hoy en día no se puede comparar con la de la Fania de los 70. El rock ha ido evolucionando hacia unas manifestaciones que podrían ser, hasta cierto punto, las de emergencias de los 64, 65, bajando un poco la protuberancia, pero lo que pasa es que hay una enorme diferencia. Si bien hoy en día hay un rock que se pretende ser una vanguardia contra el sistema, como lo decíamos en esa época, no es tal. En términos musicales, el rock de los 60 era maravilloso porque se imponían muchas consideraciones, por llamarlo de alguna forma, vanguardistas. Existían los solos y una cantidad de movimientos que pretendían llevar al rock bastante más allá y surgieron agrupaciones que ya no existen, como un Led Zeppelin ni Jimi Hendrix ni nada por el estilo. Si vas a compararlo tienes que hacerlo con grupos bastantes menores en términos de musicalidad, porque no va a haber un segundo Hendrix, ni un segundo Pink Floyd, por ejemplo, porque hoy todo está estructuralmente mucho más demarcado. Las grandes disqueras del mundo establecen los lineamientos de los grandes grupos. Hay una especie de encajonamiento de qué es lo que se tiene que realizar, puesto que todo tiene que circular por unos canales del mercadeo infinitamente mayor, porque tienes que vender hasta franelas, cosa que no existían en los 60.
Ahora la música es mucho más que música, ¿es más una mercancía?
Absolutamente, es una mercancía. Eso se ve infinitamente más por el hecho de que tienes a Leidy Gaga, a Adele, toda una cantidad de circunstancias que más que el hecho musical, lo imponen es la prevalencia para ser famoso como Lady Gaga, que tú no sabes por qué es famosa, o Paris Hilton, que es peor.
Y mantienen a los Rolling Stones en el tiempo...
A veces los dinosaurios como que llamamos la atención en ocasiones.
¿Te consideras un dinosaurio?
Muchas veces la gente dice “ese tipo es un dinosaurio, tiene 45 años en la radio”, qué sé yo.
Loscher se ríe y regresa a los Los Rolling Stones: “Debe haber alguna prevalencia de respeto. Tienen 50 años en ese asunto y algo habrán hecho en la vida. Son prevalencias que casi nadie las obtiene”.
Recuerda que en una oportunidad apareció una entrevista del actual vicepresidente de la República, Nicolás Maduro, quien refería que tenía un grupo de rock llamado Enigma y Loscher era el único que ponía su canción en la radio.
No me acuerdo de la canción y no puedo decir si era buena o mala. La gente me recuerda esa entrevista y les respondo: ‘Ah, la canción... ¡era perfecta!’. No voy me voy a poner a discutir. Estamos hablando del ahora Vicepresidente de la República, del Canciller; pero si yo la ponía me imagino que era buena”, cuenta.
EL HUMOR DE LOS CRÍTICOS
¿A qué se debe tu tránsito entre literatura y periodismo?
Cuando haces un libro tienes un mayor detenimiento para elaborarlo, pensarlo. El libro que hice hace tres años, Dilemas del presente, era la completitud de los problemas, no necesariamente de nuestro país, sino los que enfrenta un hombre hoy en día, de toda índole, en cualquier parte del mundo, sea en Helsinski como en Lima. Me interesó abordar la complejidad de la modernidad: qué causa en términos psicológicos, sociales, políticos, cuál es la complejidad del ser humano actualmente. Y por otro lado, siempre me gustó escribir cuentos de humor.
Con mirada lacónica enumera que en 1972, cuando se fundó el Movimiento Al Socialismo (MAS), con Teodoro Petkoff surgió la idea de hacer una revista de humor: “El rollo”, pero solo quedó en la idea; en 1980 escribió libretos para un programa de César Miguel Rondón, La Flor en el Ojal, y sus personajes eran superados por las circunstancias en la que se encuentran, que por lo general tienen dos opciones: tender a la depresión o reírse del asunto. “Siempre son tipos derrotados”, reflexiona, para apoyarse con el filósofo que más ha leído: Federico Nietzsche, quien decía “que del drama hay que tratar de sonreír como lo hacían los escritores de las comedias y los dramas griegos”.
Los venezolanos tenemos esa característica, que en la circunstancia más adversa, no solamente el pueblo, en término general, sino que mucha gente crea humor en torno a su fracaso”, dice.
¿Qué texto te ha marcado literariamente?
Leo recurrentemente El mito de Sísifo, de Albert Camus, porque trata contra el absurdo.
¿Te preguntas para quién estás escribiendo?
La venganza de la momia azteca no sé si es porque vivía afuera y tenía hasta cierto punto esa creación un poco efervescente, por el hecho de ser extranjero en otro lugar, que te va creando como más penalidades en torno a si “me traje mi familia”, “qué estoy haciendo en otra parte”. Entonces tienes como más contemplaciones hipotéticamente, entre comillas, filosóficas. En este libro hay esas consideraciones psicológicas de Lacan, hay un personaje que comienza a escribir un cuento de filosofía y no llega a nada porque la mujer de servicio lo llama a cada rato porque falta arroz, que no tiene cómo pagar al plomero, además de otras consideraciones. Sin embargo, Era tan bella que levantaba sospecha era más directo.
¿La academia está leyendo tus libros?
No creo. Primero que yo no soy escritor. Escribo porque me provoca hacerlo. Hay gente que sí son escritores de verdad. En estos días leí a Oscar Marcano, que es una joya de escritor, que ganó el Premio Jorge Luis Borges. Hay quienes viven de eso y actualmente en Venezuela hay mucha gente joven que está haciendo en las artes: cine, música, libros, que me recuerda algunos momentos a ciudades como la Austria de 1900, ya al final del imperio de los Habsburgo, de donde salió gente tan buena como Gustav Klimt, en la pintura, y Sigmund Freud, en la hipotética ciencia, porque la psicología no es considerada como tal. Así como Gustav Mahler en la música. Pareciera que hay países que dada ciertas circunstancias, que no necesariamente son algüeñas, tienden, tal vez por una especie de reducto lógico al cual sumarse, a contribuir en ciertos órdenes de la vida como es la cultura.
No te preocupa si la crítica te aplaude o no.
Realmente escribo para que la gente se ría, disfrute. Yo no sé si los críticos saben reír, pareciera que no. ¿No?

LA NECEDAD GLOBAL
Iván Loscher se resiste a tener Twitter y Facebook, porque en eso radica “la impersonalización”. Y sostiene que quienes lo tienen es porque desean “hacer una especie de circunscripción de que ellos existen y van relatando una suerte de pendejadas de toda índole”, como si fuera la “equivalencia de la existencia basada en necedades”.
¿No tienes Twitter?
Tengo porque la Radio me dijo, pero lo maneja una chama que no sé qué me escribe en el Twitter. ¿Para qué voy a perder mi tiempo en esa pendejada? Claro, si apareciera una mujer de un metro ochenta que me dice que me va a solucionar la vida, porque me va a amar y que tiene billete entonces sí lo tendría. Pero quién le va a parar bola a un carajo que casi tiene 60 años, ¿ah? ¿Qué me importa si te estás comiendo una cotufa en el Sambil? Caer en esa necedad de Twitter es producto de la equivalencia de una sociedad que está un poco tonta.
Pero eso es global.
Eso es lo dramático. Hace año y medio hubo un movimiento en Barcelona (España) y de repente fue un suceso porque salieron a protestar a la plaza por todos los problemas que sucedían en ese país, pero no pasó más nada. Pareciera que no hay una equivalencia sociológica global, que nos una a todos. Hubo la equivalencia, como la de Henrique Capriles Radonski, pero que fue de tan poco peso que ya tú vez que la gente de la oposición va a perder casi todas las gobernaciones en las próximas elecciones.
La virtualidad no está en correspondencia con la realidad.
En la plaza de Barcelona luchaban por unos problemas españoles, pero no había una equivalencia ontológica social de para dónde es que quieren ir. No se sabe... Así pasa con lo nuestro. El país se estaba cayendo el 8 de octubre, no podías hablar con nadie porque todo el mundo estaba deprimido. Y este 16 de diciembre seguramente la gente ni va a votar. Parece que si vas a comprar pasaje, no hay para ningún lado. Entonces, ¿cuál es el carácter ontológico? Salir de Chávez, más nada.

Correo del Orinoco No. 1173. Domingo 9 de diciembre de 2012, pp 34-35.
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