12.2.13

"Tratamos de ser marxistas". Entrevista con Paúl del Río



Paúl del Río cuenta una de las operaciones de propaganda armada para llamar la atención del mundo, pues la prensa nacional e internacional ocultaba que en Venezuela había “una supuesta democracia, que era una dictadura disfrazada”
por Raúl Cazal


Publicado en el suplemento dominical del Correo del Orinoco La Artillería 134,
24 de febrero de 2013, pp 2-3


Nueve muchachos de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) tomaron el buque mercante Anzoátegui el 12 de febrero de 1963 para celebrar el Día de la Juventud. Inicialmente, eran 10 los que debían abordar el barco como visitantes y ocultarse en un camarote, liderados por el oficial de la Marina mercante Wismar Medina Rojas, pero la Guardia Nacional le impidió el acceso a uno de ellos.
A Paúl del Río aquello le resultó curioso, porque era el único afrodescendiente del grupo. “Allí participamos nueve combatientes blancos”, recuerda 50 años después, desde una de las oficinas del Cuartel San Carlos, que entre 1970 y 1975 fue su calabozo.
La toma del Anzoátegui era parte de las “operaciones de propaganda armada para llamar la atención del mundo hacia lo que sucedía en Venezuela, porque tanto el Gobierno como la prensa nacional e internacional ocultaban lo que sucedía: una supuesta democracia, que era una dictadura disfrazada”, dice con tono pausado Del Río, que levanta la mirada y enfatiza: “Rómulo Betancourt se copió al pie de la letra las peores atrocidades de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y no aportó nada a la democracia. Salvo que se decía democrático porque había ganado unas elecciones”.Aquel 12 de febrero, Paúl apenas tenía 19 años y ya llevaba 2 en el aparato militar del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). En la toma del Anzoátegui fue el jefe del comando y llevaba por seudónimo “Máximo Canales”. El comisario político de la operación, José Rómulo Niño, tenía 26 años. “Era el mayor” y nunca utilizó seudónimo. Y si lo hizo, “nadie le hizo caso”, recuerda con gracia Del Río.
Wismar Medina Rojas fue el jefe de la operación porque era el primer piloto del barco y el que sabía conducir. Su hermano, Wallis Medina Rojas, era oficial de la Armada y participó en el alzamiento de Carúpano (El Carupanazo) y en ese momento estaba preso en la isla de El Burro, “mejor conocido por nosotros como campo de concentración Rafael Caldera”, rememora Canales.
Medina Rojas, además, fue quien le propuso la toma del Anzoátegui al Partido Comunista de Venezuela (PCV), al que Del Río se refiere como “el PC”: “El PC no la aceptó. Nunca supimos, hasta el sol de hoy, por qué no aceptaron”.
Una vez que el PCV rechazó la operación propuesta por Medina Rojas, este se la propuso al MIR, y le planteó que participaran tres hombres, entre militantes de la Juventud y simpatizantes del PCV. El MIR designó entonces a Del Río porque dirigía un comando que recibía directrices de la Dirección Nacional.
“Era una acción muy compleja, porque teníamos que llevar un barco a otro país (Brasil)”, recuerda el guerrillero la que fue una de las primeras operaciones que realizaron en conjunto militantes del PCV y del MIR, esta vez bajo la bandera de la FALN.

El ejemplo del Santa María
El antecedente de la toma del buque Anzoátegui fue la Operación Dulcinea, que consistió en tomar el trasatlántico portugués Santa María, y fue ejecutada por el Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación. Esta organización agrupaba a portugueses y españoles que luchaban contra las dictaduras de Oliveira Salazar, en Portugal, y Francisco Franco, en España.
El trasatlántico en el que viajaban 650 pasajeros y 350 tripulantes fue tomado por 24 hombres al mando de Henrique Galvão, quienes abordaron en el puerto de La Guaira y fueron hacia Brasil, en donde pidieron asilo político.
–Nosotros lo que hicimos fue copiarnos de esa operación que había sido realizada dos años antes (22 de enero de 1961), en la cual participó mi padre. No en la operación en sí, pero fue el que consiguió el armamento. Eso lo supimos años después. Él era muy “guillao”. Eso lo aprendí de él. Lo que yo hacía, nadie lo sabía.
El segundo jefe de la Operación Dulcinea, Jorge Fernández de Sotomayor, llevó consigo a su hijo Federico Fernández Ackerman, que tendría en ese momento 20 años. Cuando regresaron a Venezuela, el padre de Del Río se lo presentó a su hijo, y este lo incorporó a su comando del MIR. Así fue cómo participó en la toma del Anzoátegui.
–Fernández es el único ser humano, creo yo, que ha participado en dos operaciones de toma de buques. El caso nuestro, por supuesto, fue el más modesto: un buque de la Compañía Venezolana de Navegación Anzoátegui. Mala suerte tuvo ese barco, porque muchos años después chocó contra unos arrecifes y se hundió. Ya no existe.
Federico Fernández, al regresar a Venezuela después de la toma del Anzoátegui, fue apresado. Estuvo recluido en el Cuartel San Carlos y en la cárcel Modelo entre 1963 y 1969. En 1970 recibió de regalo una cámara fotográfica a la que dedicó “el peso de la mirada” y por el que ha recibido un importante reconocimiento por su obra.

Operación sin retorno
El 11 de febrero, Wismar Medina Rojas pasó al buque las maletas en las que iban las armas y los uniformes. “Luego pasamos todos, acompañados de él –menos el negro–, como visitantes. Los guardias nacionales no sospecharon porque Medina Rojas era un alto oficial”, recuerda Del Río.
–Nos metió en un camarote. Allí quedamos en completo silencio los ocho militantes. Al día siguiente, cuando zarpó el buque, Medina Rojas nos indicó que a las dos horas, cuando ya estemos fuera de aguas territoriales, nos preparáramos, nos armáramos, que él nos abría la puerta y tomaríamos el buque.
Y así fue: un grupo capturó a la tripulación que estaba desayunando, incluido el capitán, otro tomó el cuarto de máquinas –Wismar tomó la precaución de llevar a un maquinista de apoyo, Carlos Palma– y otro el puente de mando y el cuarto de comunicaciones, “era más bien un cuartico”, rectifica Máximo Canales.
–La radio la eliminamos. Dejamos operativo el aparato de clave morse. Quien manejaba la comunicación terminó simpatizando con nosotros y acataba todas nuestras órdenes, al punto que transmitía las informaciones falsas que nos interesaba que le llegaran al enemigo. El barco quedó en absoluto silencio durante más de 24 horas.
Las autoridades venezolanas comenzaron a buscar el Anzoátegui tan pronto como perdieron contacto con su tripulación, pero no lo consiguieron, a pesar de que tenían la cooperación de la marina y la aviación estadounidenses establecidas en una base militar en Puerto Rico.
–Ellos pensaban que iríamos para Cuba, pero se equivocaron y perdieron tiempo buscando nuestro paradero. Nos consiguieron al quinto día y a pocas horas de entrar en aguas territoriales de Brasil.
Era una operación sin retorno. “Sabíamos que era una operación suicida”, dice Paúl del Río, y lo confirma cuando cuenta que los localizó un avión B26 de la Marina de Guerra de los Estados Unidos. El aeroplano desapareció en las alturas, pero en su lugar regresaron dos aviones que trataron de comunicarse por radio con el buque. Luego probaron con señales de morse mediante luces y, posteriormente, por el aparato que se mantenía activo a bordo, pero desde el Anzoátegui nadie respondió.
–El muchacho que conocía de clave morse nos avisó que estaban diciendo que cambiáramos el rumbo y nos dirigiéramos a Puerto Rico.
Hicieron caso omiso. Intentaron detener el buque disparándole misiles cerca de la proa. En ese instante se les ocurrió mandar mensajes de que los aviones de la Marina de Guerra de Estados Unidos estaban bombardeando un barco civil tomado por unos revolucionarios venezolanos.
–Creo que tenemos el honor de ser los únicos venezolanos bombardeados, “por ahora”, por aviones de los marines yanquis”.

La respuesta más contundente
Los tomistas no tenían cómo resistir al ataque, por eso no dispararon. Llevaban armas cortas, además de una Thompson y una M3, de la primera y segunda Guerra Mundial, respectivamente.
–Lo que hacíamos era pararnos en cubierta, y cuando pasaban bajito, rasantes, les pintábamos una puñeta. Esa fue la respuesta más dura que se nos ocurrió.
Los guerrilleros no detuvieron el Anzoátegui a pesar de los disparos de misiles y siguieron hasta llegar a aguas territoriales de Brasil, porque sabían que allí podían estar a salvo. Gobernaba João Goulart, un presidente progresista que le había dado asilo a los españoles y portugueses que tomaron el trasatlántico Santa María.
La misma suerte corrieron los del buque Anzoátegui, aunque primero estuvieron detenidos. Pero la repercusión internacional que esperaban de la toma del buque tuvo que esperar a que pasaran los Carnavales. Llegaron el lunes de Carnaval a Belem, estado de Pará, Brasil.
El diputado Delgado Lozano, quien en ese momento era presidente del MIR y tenía inmunidad parlamentaria, fue a hablar con el Gobierno brasileño para interceder por los tomistas revolucionarios. Logró liberarlos. Después recibieron la visita de Alberto Lovera y luego de Héctor Mujica, dirigentes del PCV.
El cineasta cubano Santiago Álvarez los filmó en Brasil, pero nunca se supo de ningún documental sobre la toma del buque Anzoátegui, confiesa Del Río.

¿Marxistas o aventureros?
Los tomistas del Anzoátegui permanecieron en Brasil y participaron en un Congreso Mundial en Solidaridad con la Revolución Cubana, que se realizó en Niteroi. Allí fueron los invitados primerísimos y asistieron con su uniforme de las FALN y conocieron a Luis Carlos Prestes, el “Caballero de la Esperanza”, y a quien después fuera fundador de los Tupamaros en Uruguay, Raúl Sendic.
Cada quien regresó al país por diferentes vías. Paul del Río y José Rómulo Niño lo hicieron después de un periplo que los llevó a París, Praga y La Habana, donde conocieron al Che Guevara, quien les recomendó que no copiaran a nadie. Antes de la entrevista les preguntó: “¿Ustedes son marxistas o unos aventureros?”, a lo que respondieron: “Tratamos de ser marxistas”.
En mayo de ese mismo año, Máximo Canales entró a Venezuela por Cúcuta, con papeles falsos. Niño permaneció en la ciudad colombiana hasta que lo fueron a buscar militantes del partido, porque no tenían el dinero suficiente para comprar los papeles para los dos.
El 12 de junio, Rómulo Betancourt ordenó hacer presos a los miembros del PCV y del MIR en un discurso que dirigió a la nación en San Félix, estado Bolívar y, “como según las ordenanzas de la policía, no podrán estar detenidos sino por 30 días, al día siguiente de ser puestos en libertad volverán a la cárcel”, reseña El Universal de la época las palabras del Presidente.
En agosto se sabría de otra operación de propaganda internacional de las FALN, en la que estaban involucrados Paúl del Río y José Rómulo Niño. Objetivo: el futbolista Alfredo Di Stefano.



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Su padres, anarquistas, participaron en la Guerra Civil española a favor de la República. Llegaron a Cuba a principios de la década de los 40: Jesús del Río y Dora Canales. En 1943 nace Paúl, en La Habana, y a los dos años viajan a Venezuela en donde se residencian definitivamente. Su padre, panadero, participa clandestinamente con Acción Democrática en la lucha contra Pérez Jiménez.
A los meses de militar en el MIR, cuando tenía 17 años, lo obligan a usar un seudónimo, porque todos lo llamaban por su nombre de pila y además sabían en dónde vivía: en la avenida Andrés Bello. Su casa era lugar de reunión de la organización, del partido, y luego del aparato armado. Su madre llegó a confeccionar con su máquina de coser los brazaletes las FALN. También les guardaba las armas y les hacía café.
–Su seudónimo, ¿qué significado tiene?
–Un compañero me propone “Máximo”, por Gorki; pero para la operación del Anzoátegui necesitaba un apellido y puse el de mi madre. Como verás, no éramos muy listos.
En su haber no tiene errores en las operaciones que realizó. “Todas fueron exitosas”, dice con humildad.
–Jamás fallé en una operación. En mi récord... ¿cómo es que dicen los beisbolistas?
–¿Average?
–Mi average era de 1.000. Nunca me cayó preso un compañero, nunca me mataron a un compañero en una operación y nosotros nunca matamos a nadie en las operaciones urbanas.
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