9.11.11

Indignación



La exhibición de la muerte en primera plana de los periódicos y pantallas de televisión se ha hecho una costumbre. Ellos son el instrumento para que la guerra sea aceptada y que las invasiones tengan el visto bueno de una opinión pública que ha sido creada por estos mismo medios de comunicación. Por ello no es casual su despliegue para estar al principio de la guerra, generar toda la propaganda a favor de sus intereses con falsas victorias para desanimar al enemigo y terminar cuando ellos deciden que culminen, no sin antes mostrar su trofeo: la muerte. 

Cuando exhibieron el cuerpo sin vida de Muamar Gadafi en Sirte, Libia, el anticolonialista ya había sido sentenciado a la pena capital. Y continuarán asesinándolo mediáticamente para justificar la invasión a un país soberano que vivía un modelo distinto de participación social. En el Informe de Desarrollo Humano de 2011 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Libia aparece en el puesto 64 –considerado alto– y con una esperanza de vida al nacer de 74,8 años. 


El mencionado Informe destaca que “cinco Estados Árabes se encuentran entre los países más destacados por su progreso —Omán, Arabia Saudita, Túnez, Argelia y Marruecos— mientras que Libia se ubica entre las 10 naciones que más han prosperado en las dimensiones del IDH [Índice de Desarrollo Humano] no referidas al ingreso. Todos ellos han avanzado principalmente gracias a los adelantos alcanzados en salud y educación.” 

Se desconoce la cantidad de muertos que trajo la invasión a Libia, pero los medios de comunicación sólo muestran –y sólo les importa– la de Gadafi. Al principio, para justificarla, mostraron fosas comunes de una supuesta masacre que había perpetrado el gobierno libio contra su población. Todo fue falso. Las fosas comunes y la masacre. Lo que sí es cierto, son las toneladas de bombas que la OTAN lanzó sobre Trípoli y Sirte. Pero eso ya no importa. Las cámaras y flashes ahora están centradas en las ciudades petroleras en donde los procolonialistas se han instalado para gobernar sobre las ruinas de Libia. 

Mientras esto sucedía en Libia, frente al continente africano, en España, unos llamados “indignados” decidieron tomar las calles y las plazas para señalar la “estafa de un sistema” que muestra la cara de una crisis económica. Estos ciudadanos pedían “democracia real”. Si bien, a las revueltas de los países árabes la bautizaron con la estación de primavera como si fuera el remake de Praga de 1968; en Europa los “indignados” se quedaron con ese mote a falta de rebelión. Aunque tampoco les disgustó a quienes salieron en protesta en Madrid, como en Londres, Jerusalén o Nueva York. 

Esperaban que estas protestas también se expandieran por América Latina y fueron convocadas mundialmente un 15 de octubre, sábado, para más señas. Las agencias transnacionales pretendían que éstas tuvieran repercusión en países que soberanamente habían tomado un rumbo por el cambio social como son los países del Alba y, en su mayoría, los de Unasur. Sin embargo, los estudiantes chilenos llevan meses mostrándole a su presidente más que una cara de indignado, una propuesta para que la educación sea pública y gratuita, algo que perdieron con las políticas neoliberales implantadas por la dictadura de Pinochet y que se ha mantenido durante la democracia chilena. 

En Venezuela la indignación se expresó hace 22 años un 27 de febrero, y se le denominó “El Caracazo” al pueblo que bajó de los cerros y salió a las calles para tomar por suyo lo que le ofrecían en vitrina y no podía obtener gracias a las medidas económicas de un gobierno flamante, que cambió sus promesas de bienestar para todos por los “consejos” del Fondo Monetario Internacional. 

Los indignados europeos están más preocupados del status quo que han perdido, gracias a la crisis económica que sus élites políticas han implantado en sus países y por la que han desplegado la guerra, el saqueo, y buscado la muerte en tierras ajenas. Ergo, Libia delenda est.

Raúl Cazal
Le Monde diplomatique, edición venezolana
Año 3. No. 28
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