19.8.13

Mentiras que matan en la realidad

La ficción a veces supera a la realidad, especialmente cuando se producen guerras para mantenerse en el poder. Esta es la historia de Wag the Dog
por Raúl Cazal

La ficción es el arma ideológica que utiliza Hollywood para que nada cambie en Estados Unidos. Sus películas exhiben a un país que es víctima de agresión extranjera o extraterrestre, monstruos –nada mitológicos– y desastres naturales. Cuando los protagonistas son agresores o invasores, sus “héroes” tienen una justificación: “democracia” y “libertad”.
Existen historias en las que son difíciles de determinar quién es el héroe. Ese es el caso de Wag the Dog (1997), dirigida por Barry Levinson y protagonizada por Dustin Hoffman y Robert De Niro. Con la participación de estos actores estelares –que han dado buenos dividendos en taquilla– podríamos aventurar a decir que uno es el malo y el otro es el bueno. Pero no es tan fácil cuando la base de la historia es la construcción de una mentira.
El título de la película es parte de una expresión coloquial que se explica con detalle después de presentado los créditos: “¿Por qué mueve el perro la cola? Porque el perro es más listo que la cola. Si la cola fuera más lista, movería al perro.”  
“Menear al perro” es la traducción literal de “Wag the dog”. En algunos países de América latina circuló como Mentiras que matan o Escándalo en la Casa Blanca, en España como La cortina de humo y se promocionó como una “comedia acerca de la verdad, justicia y otros efectos especiales”.  

Era la década en que apenas Internet estaba en pañales y los efectos especiales producidos con la nueva tecnología generaban asombro y admiración cuando se descubría con detalle el proceso de manipulación.
Wag the dog cuenta la historia de la contratación de un super productor de cine para montar una guerra y así salvar el prestigio del Presidente de Estados Unidos que está en campaña para su reelección. Inventan una guerra civil en Albania y EEUU debe intervenir para salvar a un compatriota que queda atrapado por el régimen. Se crean canciones, manifestaciones y un estado de fervor patriótico. Los ciudadanos imploran al Gobierno rescatar al soldado, que resulta ser un psicótapa asesino detenido en una cárcel de máxima seguridad. Los medios convirtieron una realidad a partir de una mentira para una gente habituada a dar por cierto todo lo que la industria mediática le muestra.
La era de las guerras
El cine estadounidense cada vez que su gobierno va a emprender una cruzada militar coloca a sus enemigos previamente en pantalla. En las películas “inofensivas” como las de James Bond –por mencionar alguna– podemos detectar quiénes son los futuros enemigos de EEUU, aunque el agente 007 sea un fiel servidor de la reina de Inglaterra y la producción sea anglosajona.
En otras oportunidades la realidad se les adelanta al estreno de la cinta cinematográfica, como fue el caso de Collateral Damage, que tras el derrumbamiento de la torres gemelas del World Trade Center, tuvieron que posponer su estreno, porque nadie creería que el bombero Arnold Schwarzenegger evitaría que unos colombianos estallaran un edificio. Se equivocaron de enemigos, pero no de edificio.
Wag the dog aparece después que Bill Clinton ganó la elección para su segundo mandato y previo al escándalo que suscitó Mónica Lewinsky y la participación de EEUU, como lider de la OTAN, en el bombardeo en Kosovo. Todos los elementos de la ficción fueron superados en la realidad.
Seguramente, porque existían posibles certezas de que la ficción sería la escena de la realidad estadounidense, en los premios Globo de 1997 apenas fue mencionada como candidata a mejor película de comedia, mejor actor de comedia (Hoffman) y mejor guión; mientras que en el Oscar repite Hoffman como mejor actor y mejor guión adaptado de Hilary Henkin y David Mamet por la novela American Hero (Héroe americano), de Larry Beinhart.
Ese fue el año de los premios para Mejor, imposible (Jack Nicholson y Helen Hunt) y Good Will Hunting (con Matt Damon, Robin Williams y Ben Affleck). Sin embargo, el director Levinson ya tenía una carrera cinematográfica significativa, en la que destaca Buenos días, Vietnam (Good Morning, Vietnam, 1987) en donde participó como actor principal Robin Williams. Esta película no solicitó la ayuda del Pentágono porque sus productores, Touchstone Pictures (filial de Disney), sabían que no se las concedería.
“No solicitamos ayuda militar. Estábamos convencidos de que el guión sería tachado de antimilitarista y de que el Pentágono nunca nos concedería su colaboración”, relató una fuente fidedigna al autor de Operación Hollywood: La censura del Pentágono, David L. Robb. La película fue rodada en Tailandia y recibió la ayuda de la Fuerza Aérea de ese país a cambio de un soborno.
“La cosas se hicieron por debajo de la mesa. Hay maneras oficiales y extraoficiales de hacer las cosas. Conseguimos que nos proporcionaran un montón de helicópteros estadounidenses. Y para ello tuvimos que efectuar una serie de pagos en efectivo, lo cual chocaba de frente con la política de Disney”, reveló la fuente que decidió permanecer en el anonimato.
El guionista David Mamet también contaba con una trayectoria digna de mencionar: El cartero llama dos veces (1981), Los intocables (1987) y Hoffa (1992). Posterior a Wag the Dog, escribió Ronin y, junto con Steven Zaillian, Hannibal (2001). El actor William H. Macy lo considera un escritor incorruptible capaz de reescribir las obras de William Shakespeare.
La película de Levinson tiene entre sus referentes a D. W. Griffith, director de El nacimiento de una nación (1915), quien era encargado de recibir las imágenes de la Primera Guerra Mundial, pero en varias ocasiones dramatizó escenas de las batallas y dejó de lado las verdaderas.
Imposición de agendas
La guerra y los rumores van unidas de las manos. Por ello Wag the Dog cobra especial interés al intentar analizar los acontecimiento políticos. El montaje y la manipulación es es una de las primeras características de las invasiones actuales –y también de las pasadas.
Tenemos por ejemplo al presidente de EEUU George W. Bush montado sobre los escombros de las torres gemelas balbuceando un discurso en septiembre de 2001. Uno de los presentes le grita: “¡No se escucha!”. El Presidente se voltea y le dice: “Pues el mundo nos escuchará”. El diálogo sin duda fue preparado –que transmitió en directo la televisora CNN y demás cadenas– y pasó a ser la declaración de guerra a un fantasma creado por ellos –“terrorismo”– que llevó a invadir los pueblos de Afganistán y luego de Iraq. Sobre este último país corrieron el rumor de que el gobierno de Saddam Husseim tenía armas de destrucción masivas (nucleares, químicas y biológicas) y el Presidente se montó en un barco y acompañó a los soldados el Día de Acción de Gracia. Las armas de destrucción masiva no eran ciertas y el pavo era de utilería.
Los medios de comunicación hegemónicos se hicieron eco de una guerra sin verificar qué se escondía detrás de ella. Usted, lector, sospecha que es por el petróleo, que fue una guerra para apropiarse de las reservas de Iraq. Pues bien, eso nunca lo sospecharon los periodistas.
Lo único real fue la invasión y la muerte que dejó a su paso la cruzada del Gobierno de EEUU contra lo que consideraba “el eje del mal”.
Mentiras que matan muestra a una sociedad política estadounidense corrupa que es capaz de producir una guerra, construir un candidato o presidente, usar los medios de comunicación y a los periodistas que no son capaces de verificar la información, mucho menos de investigar lo que desconocen. De esta manera inciden en el público para que tengan una opinión sobre un tema determinado. Tanto Levinson como Mamet dictan una cátedra de opinión pública con una historia ficticia de la que podría reducirse la siguiente frase: “Lo que piensas es lo que piensan los poderes fácticos”.
Bajo este principio se trabaja con la generación de agenda (agenda setting), uno de los temas que se estudia en materia de opinión pública, y muestra cómo a través de los medios de comunicación se imponen los asuntos que el ciudadano termina discutiendo. Es por ello que a Wag the Dog le colocaron en España el título de La cortina de humo. Más directo, a los efectos de presentarla al público para que piense lo que necesita ver en esta película.
Pero para imponer un tema, hay que producirlo y detrás de ello hay un intrincado sistema para generar una verdad gobbeliana, una mentira repetida que la gente termina por creer que es verdad. Y lo cree, no sólo por la repetición constante a través de todos los medios, sino porque los hilos invisibles con que mantiene esa mentira son casi imposible de desmontar si quienes la recibieron como información válida, no son capaces de hacer una lectura crítica o del sencillo hecho de dudar.
Es por ello que Wag the Dog te convence de que lo que estás viendo es la realidad, porque la manipulación tan sofisticada con que han logrado producir el impero estadounidense con su industria cultural termina reflejándose en la realidad. Y al final, las mentiras matan.
Publicado en La Artillería No. 154, suplemento dominical del Correo del Orinoco. Caracas, 18 de agosto de 2013.
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