11.9.13

La CIA fue mucho más que una sombra en el golpe contra Salvador Allende


por Raúl Cazal

Correo del Orinoco, No. 1.437, Año 5, 11 de septiembre de 2013, pp. 14-15


Detrás del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 en Chile participaron actores políticos y económicos estadounidenses que lo habían planeado aun antes de que Salvador Allende ganara las elecciones el 4 de septiembre de 1970. Los documentos desclasificados revelaron la implicación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), del entonces presidente de EEUU Richard Nixon, de Henry Kissinger y de las empresas trasnacionales.
“Lo que necesitamos es un general con cojones”, dijo un oficial chileno a los agentes de la CIA después de la victoria electoral de Allende, pues estaba claro para ellos que alguien debía comandar un golpe de Estado. El nombre de Augusto Pinochet no figuraba entre esos generales debido a que siempre aparentó ser leal al Gobierno Constitucional chileno y llegó a ascender a comandante en jefe del Ejército 19 días antes del golpe en 1973.
El general Pinochet estaba al tanto de los movimientos de los militares y eludía discutir sobre política, algo que era inevitable desde que Allende asumió la Presidencia. En Chile se enfrentaban dos posturas antagónicas: socialismo y capitalismo.
Tres días antes del golpe militar, el sábado 8 de septiembre, el general del ejército Sergio Arellano visita a Pinochet para informarle sobre la conspiración que estaba en marcha y quienes pensaban participar en el golpe. Luego, Arellano le reporta al comandante en jefe de la Fuerza Aérea, Gustavo Leigth, que Pinochet estaba reticente con el golpe y prometió que lo llamaría en la noche. Promesa que no cumple.
Al mediodía del domingo 9, Allende convocó a Pinochet a la residencia presidencial. Después de que el general informó sobre cuestiones de orden público, Allende expone “sus planes sobre el plebiscito para resolver el callejón sin salida político en que se encontraba el país”, relata Heraldo Muñoz en La sombra del dictador.
“Eso lo cambia todo”, dijo sorprendido Pinochet. Esa fue la última vez que se vieron el presidente y el general.
Al conocer el almirante José Toribio Merino la reticencia de Pinochet decide enviarle una carta con el comandante de la Infantería de Marina, Sergio Huidobro. Este llega en la tarde del domingo a la residencia del comandante en jefe del Ejército, en donde se festejaba el cumpleaños decimoquinto de Jacqueline, la hija menor del general.
En otra área de la residencia se encontraban reunidos Pinochet y el general Leigth, vestido con ropa deportiva para no llamar la atención. “Tienes que tomar una decisión, porque la Marina y nosotros (la Aviación) seguiremos adelante, con o sin el Ejército”, dijo Leigth.
“Nos puede costar la vida”, fue la respuesta de Pinochet.
El general recibe a Huidobro, que viene acompañado del almirante Patricio Carvajal, y le entrega la carta de Merino, que contenía lo siguiente: “Gustavo (Leigth) y Augusto (Pinochet): El ‘día D’ será el 11 de septiembre, y la hora, las seis de la mañana. Augusto, si no aportas tus tropas desde el principio, el movimiento no tiene posibilidades de éxito y no viviremos para ver el futuro. Por favor, comenta cualquier problema o desacuerdo con el almirante Huidobro, a quien he autorizado para ello. Esperando tu aceptación, atentamente, José Toribio Merino”.
Para que Pinochet no siguiera vacilando, Merino dio la instrucción de que firmaran la carta en señal de aceptación. “Leigth firmó inmediatamente. Pinochet, nervioso, alegó como excusa que no encontraba ni su pluma ni su sello personal. Mientras Leigth le observaba con desdén, el almirante Huidobro se ofreció a prestarle su pluma”, relata Muñoz.
Finalmente, Pinochet firmó la carta y estampó el sello de comandante en jefe del Ejército; “no obstante, escribió una pequeña nota en la que pedía que se retrasara el golpe una hora y media, para que divisiones del Ejército, repartidas por todo el país, tuvieran tiempo de comunicarse entre ellas”, detalla el autor de La sombra del dictador.
La Moneda bajo fuego
A las 6:30 am del 11 de septiembre el general de los Carabineros, Jorge Urrutia, telefonea a Allende porque es alertado, por el jefe de la policía de Valparaíso, de que la infantería de Marina estaba tomando posiciones de combate. El presidente ordena que llamen al almirante Raúl Montero, jefe de la Marina, pero su línea telefónica fue cortada el día anterior por sus hombres al conocer que no se plegaría al golpe. Toma el teléfono y llama a Pinochet a su residencia. Este no contesta aduciendo que estaba en la ducha. Más tarde, intenta contactarlo desde La Moneda sin lograr comunicarse y expresa con pesar: “Pobre Pinochet, deben haberlo arrestado”.
A las 8:42 am, dos emisoras de radio relacionadas con los golpistas, Minería y Agricultura, comenzaron a emitir un comunicado de la conformación de una junta militar con los comandantes en jefe del Ejército y de la Fuerza Aérea, Pinochet y el general Gustavo Leigth, el almirante José Toribio Merino y el general César Mendoza, que asumieron el mando de la Marina y de los Carabineros, respectivamente. Exigían la renuncia del presidente Allende.
“No había esperanza. Las fuerzas armadas no estaban divididas; no había tropas leales que pudiesen acudir al rescate”, recuerda Muñoz. La respuesta de Allende fue contundente: “No renunciaré. Me quedaré e informaré a la nación sobre la intolerable actitud de los soldados que han traicionado sus juramentos de lealtad”.
La propuesta de los golpistas era rendición incondicional y sacar del país en un avión a Allende y su familia. Supuestamente Pinochet mantuvo el ofrecimiento, pero posteriormente se descubrió una grabación en la que ordenaba que el avión se cayera “cuando vaya volando”.
Allende resistió en una batalla desigual. La Moneda fue bombardeada por tierra y aire. Comenzaba la tarde cuando decidió accionar dos disparos con su fusil automático contra su cuerpo. Antes, desde el Salón de la Independencia, ubicado en el segundo piso, gritó “¡Allende no se rendirá jamás!”.
La CIA contra Allende
La CIA fue unos de los actores principales que contribuyó con el golpe militar que derrocó al presidente constitucional y popular chileno Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973.
Desde el momento en que existió la posibilidad de que Allende llegara a la Presidencia de Chile, la CIA comenzó a tomar parte en el juego político a través de sus acciones encubiertas. En 1964, bajo instrucciones del presidente estadounidense John F. Kennedy –fue el primero en aprobar un programa de guerra política contra Allende– inyectó alrededor de 3 millones de dólares para que ganara el candidato demócratacristiano Eduardo Frei.
En esa oportunidad, Allende obtuvo 39% de los votos y Frei, gracias al apoyo de toda la derecha, vence con 56%. La victoria de Frei fue “un triunfo de la democracia”, dijo el secretario de Estado Dean Rusk al presidente de EEUU Lyndon B. Johnson, logrado “en parte como resultado del buen trabajo de la CIA”.
En 1952, el candidato socialista obtuvo 52 mil votos y en 1958, 28% de la votación. En esta última, el empresario Jorge Alessandri gana por estrecho margen (31,2%). Su triunfo tuvo que ser ratificado por el Congreso, como lo establece las leyes de esa nación, con el apoyo de los partidos de derecha Conservador, Liberal y Radical.
Pueblo “irresponsable”
En 1970, el presidente Nixon reaccionó tarde en la aprobación de un presupuesto para tratar de detener la victoria electoral de Allende. El director de la CIA, Richard Helms, había advertido durante meses a la Casa Blanca para que aprobara una acción encubierta en Chile.
Henry Kissinger aprobó en marzo –seis meses antes de la elección– 135 mil dólares y en junio otros 165 mil dólares, bajo la siguiente observación: “No veo por qué tenemos que dejar que un país se haga marxista solo porque su población es irresponsable”.
La CIA estaba a la sombra y proporcionó propaganda a reporteros estadounidenses que colocaban como noticias en portadas de Time, reveló un informe interno de la Agencia. Mientras que en Chile “se imprimieron carteles, se filtraron falsas noticias, se alentaron comentarios editoriales, se hicieron correr rumores”, relató Helms en su memoria A Look Over My Shoulder. A Life in the Central Intelligence Agency, que apareció en abril de 2003, seis meses después de su fallecimiento, a los 89 años de edad.
El objetivo de aterrorizar al electorado chileno no tuvo el resultado que esperaban. El embajador estadounidense Edward Korry dijo muchos años después sobre la falta de profesionalismo de los agentes estadounidenses: “No había visto nunca emplear una propaganda tan espantosa en una campaña en ningún lugar del mundo. Yo dije que los idiotas de la CIA que habían ayudado a crear la ‘campaña de terror’ –y se lo dije a la propia CIA– debían haber sido despedidos de inmediato por no entender a Chile y a los chilenos”.
El 4 de septiembre de 1970 Allende gana la elección presidencial como candidato de la Unidad Popular –creada el año anterior con la participación de socialistas, comunistas, radicales y socialdemócratas– con 36,3% de los votos. El margen sobre los otros dos candidatos de derecha fue de 1,5%. La victoria electoral de Allende fue ratificada por el Congreso el 24 de octubre, tras firmar un Estatuto de Garantías Constitucionales acordado con la Democracia Cristiana.
El 4 de noviembre Salvador Allende asume la Presidencia de Chile. Es el primer socialista en la historia que llega a ser presidente por la vía electoral.
El Mercurio en Washington
En los 50 días previos a la ratificación del Congreso chileno de la Presidencia de Allende, “Kissinger dio instrucciones a Helms de que calculara las probabilidades de un golpe de Estado”, relata el premio Pulitzer Tim Weiner en Legado de cenizas: La historia de la CIA, y continúa: “Helms le envió al jefe de base Henry Hecksher un cable ordenándole que estableciera contactos directos con oficiales del ejército chileno que pudieran encargarse de Allende”.
El embajador estadounidense dijo carecer de contactos con oficiales, pero conocía a Agustín Edwards, propietario de minas de cobre en Chile, de la planta embotelladora de PepsiCola en ese país y del periódico El Mercurio.
Una semana después de las elecciones el empresario chileno estaba en EEUU para visitar a Donald Kendall, director general de la Pepsi y uno de los apoyos financieros de Nixon. El 14 de septiembre Edwards y Kendall se reunieron con Kissinger y al mediodía el chileno lo hizo con Helms en el Hilton de Washington. Conversaron sobre el mejor momento para dar un golpe militar. Por su parte, “Kendall fue a ver a Nixon y le pidió ayuda para echar a Allende”, recuerda Helms.
Esa tarde Kissinger aprobó 250 mil dólares adicionales para continuar con la guerra sucia en Chile. “En total, la CIA entregó 1,95 millones de dólares directamente a Edwards, El Mercurio y su campaña contra Allende”, detalla Weiner.
Al día siguiente, Helms se reúne con Nixon y Kissinger. El presidente estadounidense le ordenó que organizara un golpe militar, y él anotó en su bloc las frases de Nixon:
“–Tal vez una posibilidad entre 10, ¡pero hay que salvar a Chile!
–10.000.000 de dólares disponibles
–Los mejores hombres que tengamos
–Hacer chirriar la economía”.
Una operación con dos vías
Las directrices de Nixon para evitar que Allende asumiera la Presidencia se conoce como una operación de dos partes: Vía Uno (Track One) y Vía Dos (Track Two). La Vía Uno consistía en sobornar a un número considerable de senadores chilenos, lo suficiente para que no aprobaran en el Congreso la victoria electoral de Allende. Contó con el financiamiento de la trasnacional estadounidense ITT (International Telephone & Telegraph) bajo las instrucciones de la CIA.
En la Vía Uno también estaba planeado persuadir a Frei para que diera un golpe de Estado, en caso de que no lograran los votos suficientes en el Congreso, pero al llegar a un acuerdo con la Democracia Cristiana, que culminó con la firma del Estatuto de Garantías Constitucionales, la Vía Uno había fracasado. Quedaba la Vía Dos.
La segunda opción era el golpe militar y para ello debían contar con el comandante del Ejército, el general René Schneider. Solo había un problema: este oficial proclamó obedecer a la Constitución. La CIA consiguió a otro general: Roberto Viaux. Su plan era secuestrar a Schneider, llevarlo a Argentina, disolver el Congreso y tomar el poder en nombre de las fuerzas armadas.
La acción de intento de secuestro del general Schneider se llevó a cabo el 22 de octubre cuando iba a su puesto de trabajo. En la emboscada, el general recibió varios disparos y murió convaleciente unas horas después de que 150 parlamentarios, contra 35, confirmaran a Salvador Allende como Presidente electo de Chile. Su cargo lo asume otro general leal a la Constitución y al presidente Allende: el general Carlos Prats.
La “lealtad” de Pinochet
A pesar del fracaso de la CIA en 1970, las operaciones se mantuvieron por tres años, hasta lograr conseguir a los militares que dieran el golpe, crearon el escenario propicio: “chirriar la economía” con el desabastecimiento, la hiperinflación que llegó a 260% en 1972 y la guerra psicológica de desestabilización constante a través de los medios de comunicación, liderado por El Mercurio que marcaba la agenda de la CIA.
Antes de morir el comandante en jefe del Ejército Schneider, el general Pinochet fue confirmado como jefe de brigada de Iquique por su supuesta lealtad a la Constitución. El general Prats, que reemplazó a Schneider, también confiaba en Pinochet y con la aprobación de Allende lo nombró comandante de la guarnición del Ejército en Santiago. En 1971 sería el anfitrión de Fidel Castro durante su visita a Chile, a quien le obsequió su libro Geopolítica. Después del golpe se conoció que Castro había advertido al Presidente chileno que se cuidara de Pinochet. En su libro, publicado en 1969, delataba su lenguaje anticomunista.
En las elecciones parlamentarias del 4 de marzo de 1973, la Unidad Popular gana ocho escaños más. Así se cierra la posibilidad de destituir al Presidente por la vía constitucional. Queda una opción: el golpe de Estado.
El auténtico ensayo del golpe del 11 de septiembre se llevó a cabo el 29 de junio. Se rebeló el regimiento de tanques blindados número 2, con base en Santiago, conocido como “El Tanquetazo”. Estos avanzaron hacia el palacio de La Moneda. El general Prats dirigió a las tropas leales que redujeron a los sediciosos e hizo arrestar al comandante del regimiento, coronel Roberto Souper.
Pinochet se encontraba estratégicamente en el regimiento Bunin, al norte de Santiago, que era dirigido por opositores al Gobierno. Vestido de uniforme de combate dirige una columna hacia La Moneda. En el camino se encontró con el subjefe de la Policía Civil y le pidió un parte de los acontecimientos. Cuando se enteró de que las fuerzas leales a Allende tenían el control de la situación, fue al encuentro con el general Prats y le abrazó efusivamente en la puerta principal de La Moneda.
Prats asume el ministerio de la Defensa el 9 de agosto de 1973 y el 23 de ese mismo mes renuncia al ministerio y a la comandancia en jefe del Ejército. Para este último cargo, recomienda a Allende que promueva a Pinochet. Ese mismo día es promovido.
“Creía que, si me sucedía el general Pinochet, que tanta lealtad me había demostrado, cabría la posibilidad de que la crítica situación del país pudiera relajarse”, reflexionó Prats posterior al golpe. El general fue asesinado junto a su esposa Sofía Cuthbert en Buenos Aires el 20 de septiembre de 1974 por órdenes de Pinochet.

La Vía Dos tardó tres años en tener éxito. Previo al 11 de septiembre Kissinger, recién nombrado Secretario de Estado por Nixon, recibió un cable del agente de la CIA Jack Devine que le comunicaba que un grupo militar chileno planeaba derrocar a Allende y en el plazo de unos minutos o unas horas solicitarían ayuda de EEUU. La colaboración la tuvieron siempre y mantuvieron una alianza de terror, asesinatos y desapariciones, con Pinochet a la cabeza de una dictadura que duró 17 años.
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