18.4.10

Los caminos de Earle Herrera

El poeta Earle Herrera volvió al rincón de donde salió, como diría Rubén Blades. Después de tres lustros de silencio en el terreno poético, regresa con Desmorir de amor, un libro que han catalogado como honesto. Y no es para menos, una vez que se pisa el terreno del amor, Herrera lo consagra sin artificios. Así va mes a mes a su encuentro, con soledades y desencantos, con esperanzas y muertes.

Guillermo Sucre había escrito, en su libro La máscara, la transparencia, que “los signos de la pasión son cambiantes”, que van entre alma y cuerpo, amor y erotismo. Así va la poesía, de un trecho a otro por la necesidad de volcar la palabra y el cuerpo. Como lo explica Denis de Rougemont –en palabras de Sucre– “el amor tiene su origen en el mismo impulso espiritual que hace nacer al lenguaje”.

De lo que está hecha la vida, hace rima el poeta. Así va con sus derrotas a cuesta; pero lo que importa es el intento. “En el amor / Nadie sale invicto”, versa Earle. Al igual que un personaje de Stendhal cuando dice: “Si pronuncian la palabra amor, estoy perdido”.


Earle poeta y narrador

Earle Herrera ha transitado entre la poesía y la narrativa, el ensayo y la crónica periodística. Su poemario Penúltima tarde obtuvo el Premio Municipal de Poesía de la ciudad de Caracas en 1977 y ese mismo año le conceden la mención especial Premio Municipal de Literatura por su libro de cuentos A la muerte le gusta jugar a los espejos.

“Yo, apenas, tomé el relevo en algún punto del siglo, del tiempo”, versa en Los caminos borrados, un libro publicado por Fundarte en 1979 en donde funde los dos géneros que había cultivado: la prosa y la poesía, guiado por la poesía vertical de Roberto Juarroz.

Piedra derramada (1995) está dedicado a Pedro Chacín y a Argenis Daza Guevara, “amigos hasta los confines de la última palabra, donde el Ave Fénix realza su vuelo.” Igual gesto tuvo en su libro de cuentos Cementerio privado (1988) con Carlos Moros, periodista que consiguió la muerte en la tragedia de Tacoa en 1982: “mi amigo para siempre (sin nada de eso de In Memoriam). Vivimos.”

También forma parte de su obra narrativa Sábado que nunca llega (1981) y Rocinante comió muchas ciruelas en el parque (1999). Éste último, publicado por La Espada Rota, con ilustraciones de Consuelo Méndez, fue escrito para sus hijos y estaba listo para su publicación cuando estos eran unos infantes, pero aparece cuando pisan la edad de la adolescencia.

Su libro La neblina y el verbo. Orlando Araujo uno y múltiple (1992) es “un viaje a la palabra de un escritor que vivió allí: en la palabra”. Y mucho de ese camino transitado está en Earle Herrera: ensayista, poeta, narrador, periodista, profesor universitario y constituyentista.

Herrera periodista

Al periodista siempre le rondan las preguntas, hurga en fuentes personales, hemerográficas y bibliográficas para conseguir respuestas en ¿Por qué se ha reducido el territorio venezolano? (1978) y plantear la “subordinación de las cuestiones limítrofes a la política interna del país y la poca habilidad –por negligencia o por desidia– de la diplomacia venezolana han sido factores fundamentales en las pérdidas territoriales”.

Si en su poesía y narrativa está presente la muerte, así como el amor y la soledad, que viene a ser los espejos de la vida, en su obra periodísta va de la mano del humor. Su tesis de maestría “El país de las monas ricas y otras caricaturas” para la Cátedra Libre de Humorismo “Aquiles Nazoa” fue rechazado por varias editoriales y quedó diluida en Hay libidos que matan. Ecosonograma de un país (1984). Con el mismo tono humorístico apareció Estas risas que vencen las sombras. A-narco crónicas bajo reloj (1988).

La política y la violencia, las masacres y la corrupción en un país que parecía no tener escapatoria forman parte de la mirada periodística, en formato de crónica, en Caracas 9 mm. Valle de balas (1993), A 19 pulgadas de la eternidad. Del desAmparo al 27 de febrero. Epílogo de la Gran Venezuela (1993) y Memorias incómodas de una barragana (1996).

El amor con humor, tampoco podía faltar, libro con que finaliza el siglo XX, De amor constituyente al amor constituido (1999), para luego aparecer con un llamado a la ética periodística con El que se robó el periodismo que lo devuelva (2005).

Herrera catedrático

Cada domingo vemos al profesor Earle Herrera en la pantalla de TV montado en su tarantín El kiosko veraz para continuar la cátedra que daba en las aulas de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Revisa los diferentes medios de comunicación impresos y se detiene en la lectura para desenmascar las burdas manipulaciones contra la revolución bolivariana.

En su paso por la academia dejó para la consulta un importante estudio sobre el periodismo: La magia de la crónica (1987), El reportaje, el ensayo. De un género a otro (1991) y Periodismo de opinión. Los fuegos cotidianos (1997).

Esta es parte del recorrido de Herrera antes de que la editorial El perro y la rana publicara Desmorir de amor. Aún queda mucho por andar.


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Publicado en La artillería, suplemento dominical del Correo del Orinoco
, sección “Parte de letras”.
Caracas, Venezuela, 18.04.2010
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