10.9.12

El petróleo también impregnó la literatura




Aunque el escritor Gustavo Luis Carrera dedicó un libro a demostrar que "no existe" una novela petrolera, especialistas sostienen que buena parte de la narrativa contemporánea expresa el impacto del oro negro en nuestra sociedad

por Raúl Cazal



En el siglo XX, intelectuales y ensayistas venezolanos afirmaban con cierta vehemencia que no existía una literatura del petróleo en Venezuela, en la medida en que hubo, por ejemplo, una novela de las dictaduras gomecista o perezjimenista.

El catedrático Gustavo Luis Carrera en La novela del petróleo en Venezuela, ensayo que obtuvo el Premio Municipal de Literatura en 1971, asevera sin cortapisa: "Este libro versa sobre una novela que no existe". Sin embargo, hace un inventario desde principios de siglo de aquellas que hacen referencias al petróleo, aunque sea de manera ligera, como Lilia, de Ramón Ayala, publicada en 1909.
La novela de Ayala parece ser la primera que registra el tema de una industria que actualmente es el motor económico del país. Luego le seguirán otras que desaparecieron en el transcurrir del tiempo, como es el caso de Elvia, de Daniel Rojas, que muestra "una temprana y viva denuncia de las depredaciones yanquis en materia petrolera, con detalles sobre los procedimientos dolosos empleados por los invasores económicos para hacerse de las tierras ricas en yacimientos", escribió Carrera.
La novela Elvia circuló en 1912, cuando aún la explotación petrolera era incipiente, como se constata en la Memoria y cuenta, de 1913, del Ministerio de Fomento: "No vacilo en anticiparos la plausible noticia de que en breves días podremos contar con una nueva fuente de producción rentística que no tardará en ser la de mayor importancia".
Juan Vicente Gómez apenas tenía un lustro en el poder y el ministro de Fomento en 1913 era el escritor Pedro Emilio Coll. "El petróleo, ese codiciado combustible que las condiciones del progreso industrial hacen ya indispensable, ha dejado de ser tesoro escondido en las entrañas de la tierra venezolana", fueron las palabras premonitorias del ministro en la Memoria y cuenta, refiere Luis Ricardo Dávila en su ensayo "El imaginario petrolero".

SE BAÑABAN EN EL DORADO
La primera mención de mene –como llamaba nuestra población originaria a la mancha negra que hoy llamamos petróleo– es de 1535, y la registró el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo. En Historia natural y general de la indias anotó: "Este betún o el licor qués, con la fuerza del sol paresce que hierve, bullendo hacia arriba, y corre por la tierra adelante alguna cantidad de tierra y está muy blando entre día y pegajoso, y de noche se hiela con el fresco de la noche...".
Los colonizadores españoles se bañaban sobre El Dorado actual. Les causaba placer el líquido viscoso que se adhería a su piel mientras recogían los animales que quedaban atrapados en las aguas del lago de Maracaibo. La segunda mención de importancia, reseña Miguel Angel Campos en su libro Las novedades del petróleo, es la de los alcaldes Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga, en 1579: "...también sirve para algunas curas, y entremetiéndola con cera y otras grasuras se hace dello velas: también sirve para pavonear espadas y otras cosas...".
El petróleo pasó inadvertido desde la Colonia hasta comienzos del siglo XX. Ni siquiera los naturistas hicieron mención de su existencia, tampoco los funcionarios encargados de inventariar, hasta que en 1918 el escritor José Rafael Pocaterra publica Tierra del sol amada, novela que "presenta por primera vez la imagen del nuevo conquistador, estableciendo un paralelo entre el yanqui de ahora y el español del pasado", reseña Carrera en La novela del petróleo en Venezuela.
Campos advierte que Pocaterra asoma en alguna página que "unos extranjeros que beben con indolencia, sustraídos a la charla del club donde no se sabe si han sido invitados o simplemente llegaron por extravío, lo cierto es que nadie parece prestarles atención hasta que alguien los identifica vagamente como agentes de la Caribbean, luego se esfuman de la novela como si se tratara de una escena equivocada".
Esa referencia sobre "petroleros" quizá sea la primera alusión al asunto en la literatura venezolana, afirma Campos en Las novedades del petróleo, pero había que esperar a los cuentos "Cardonal" y "Brujería", de Ramón Díaz Sánchez, "para que la presencia humana aparezca imbricada en las líneas de acción que la gestión del petróleo trae a la contemporaneidad".
La novela La bella y la fiera, de Rufino Blanco Fombona, publicada en 1931, "contiene el primer planteamiento político interno (gomecismo) y externo (imperialismo) del tema petrolero", señala Gustavo Luis Carrera, y resalta que "por primera vez se revela una conciencia activa de la explotación de los trabajadores petroleros por parte de los grandes trusts internacionales; y del mismo modo es la primera y combativa presentación novelesca de una huelga petrolera y de la subsecuente represión con despliegue de tropa y de bestialidad asesina".
Entre escritores del canon literario venezolano estará el tema del petróleo, como Ramón Díaz Sánchez, con Mene –escrita en 1933, pero publicada tres años después–, y Miguel Otero Silva, con Oficina N° 1, que aparece en 1961, casi medio siglo después de la primera mención que se hace en la novela de Ayala.
Buena parte de la literatura fundacional del petróleo es desconocida y sus libros están fuera de circulación. Pero recientemente fue rescatada del olvido El señor Rasvel, de Toro Ramírez, por el Fondo Editorial del Caribe. Una novela que "en su momento, pudo resultar un objeto curioso para el análisis por sus cuadros rápidos y la eficacia visual; hoy ese objeto debe ser visto con ojos forenses: su alcance, como el de toda obra acabada, excede la dimensión de pura literatura", reseña Miguel Ángel Campos en la revista Espacio abierto, de la Facultad de Humanidades y Educación de La Universidad del Zulia (LUZ).

CINCO NO SON SUFICIENTES
En La novela del petróleo en Venezuela se citan como referidas de manera plena al tema del petróleo: El señor Rasvel (1934), de Miguel Toro Ramírez; Mancha de aceite (1935), de César Uribe Piedrahíta; Mene (1936) y Casandra (1957), de Ramón Díaz Sánchez; Remolino (1940), de Ramón Carrera Obando; Sobre la misma tierra (1943), de Rómulo Gallegos; Guachimanes (1954), de Gabriel Bracho Montiel; Campo Sur (1960), de Efraín Subero; y Oficina N° 1 (1961), de Miguel Otero Silva.
Nueve obras no son suficientes para Gustavo Luis Carrera, porque si "se restan El señor Rasvel –no propiamente petrolera, sino dirigida a la pintura de un personaje sobre el fondo de una oficina de empresa petrolera–, Remolino –novela incompleta; al menos nunca publicada en forma íntegra–, Sobre la misma tierra –solo parcialmente petrolera, atenta a un tema más vasto, donde se integra el petróleo–, y Campo Sur –esbozo de novela–, quedan nada más cinco novelas petroleras propiamente dichas y publicadas en forma completa: Mancha de aceite, Mene, Guachimanes, Casandra y Oficina N° 1. Y cinco novelas no pueden constituir una verdadera novelística; salvo, quizás, que fuesen todas literariamente consistentes y representativas".
Contrario a las expresiones de especialistas en literatura venezolana, el poeta y ensayista Freddy Fernández considera que inventariar la literatura sobre la base de la mención del petróleo es un despropósito, puesto que su aparición transformó a Venezuela en todos sus aspectos, desde lo político hasta lo económico, que además incide en aspectos sociales y culturales.
Oficio de difuntos, de Arturo Uslar Pietri, que aparece en 1976, es "una novela que muestra las relaciones de Gómez con Estados Unidos a propósito de la aparición del petróleo", analiza Fernández, y menciona Campeones (1939), de Guillermo Meneses, que "retrata a un grupo social que es producto de los excluidos de esa riqueza" y a País portátil, de Adriano González León –con el que obtuvo en 1968 el premio Biblioteca Breve de Seix Barral–, que a través de la familia Barazarte cuenta parte de la historia de Venezuela. En esa novela, "el petróleo es fundamental, porque allí están presentes la transculturización y la huida del campo hacia sitios petroleros y luego a la ciudad", afirma.

OLEADA NEGATIVA
El escritor Enrique Bernardo Núñez quizá fue pionero en esta visión negativa sobre el insuficiente interés de la intelectualidad por el hidrocarburo. En su libro Una ojeada al mapa de Venezuela, publicado en 1949, rescata un texto que apareció ocho años antes en Nueva York, titulado "La batalla del petróleo", en el que sentenció que "poco se sabe en Venezuela acerca de esta industria. Los 'intelectuales' demuestran escaso interés por ella. Prefieren apartar los ojos de tales materias. En el país del petróleo se habla con vaguedad del petróleo".
Dos años después de nacionalizada la industria petrolera, "Papel Literario" del diario El Nacional realizó una "encuesta entre intelectuales caraqueños, sobre la novela, el ensayo, la poesía y los testimonios del petróleo, las respuestas mantuvieron un cimiento común", destaca el ensayo "El imaginario petrolero", incluido en el libro Petróleo nuestro y ajeno, de los compiladores Juan José Martín Frechilla y Yolanda Texera Arnal.
"Sabemos que el petróleo está allí, como parte sustancial de esa realidad, y como estamos seguros de que todo el mundo lo sabe, optamos por no mencionar lo obvio", respondió Gustavo Luis Carrera a la encuesta propuesta por "Papel Literario".
Por su parte, el escritor y ensayista Orlando Araujo se preguntó: "¿Dónde está la literatura del petróleo?", para responder inmediatamente: "En una literatura donde el petróleo es consecuencia y no tema; en la alienación, el nuevorriquismo, el consumismo; en la agonía de una cultura modificada, que experimenta el artificio de unos valores recientes"; mientras que para el poeta Juan Liscano "la literatura y el arte se vieron también compulsionados por la transformación violenta de Venezuela, de país agropecuario a país petrolero, y les costó trabajo ponerse al día". 

EL MENE DE CADA DÍA
Mene apareció en el mismo año en que estalla la huelga petrolera: 1936; y es de las pocas novelas consideradas del "petróleo" que sobrevivió en el tiempo, junto con Oficina N° 1. Pero en la consideración de Fernández, de que "el petróleo lo toca todo y la literatura venezolana del siglo XX no está exenta de ello", menciona a Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez, novela publicada en 1931, en París, en donde la extracción es una manera de mostrar el pasado con el presente y que permite avizorar el futuro del país: "De una vez podría realizar su gran sueño. En breve la isleta estaría llena de gente arrastrada por la magia del aceite. Factorías, torres, grúas enormes, taladros y depósitos grises: 'Standard Oil Co. 503", narra el novelista en Cubagua.
Canción de negros, de Guillermo Meneses, novela que apareció en 1934, "muestra los cambios del país a través del éxodo, el abandono de las zonas rurales hacia la ciudad", destaca Florence Montero Nouel, profesora de la Cátedra de Literatura Latinoamericana y Venezolana de la Universidad Central de Venezuela (UCV), y recuerda la imagen: "Todos los dedos apuntan hacia la ciudad" y la palabra: "Desgracia, desgracia, desgracia", que reitera con énfasis.
"El cambio de una economía fundamentalmente agrícola hacia una petrolera queda registrado de alguna manera en esta novela de Meneses, aun cuando el petróleo no sea el protagonista central", explica Montero, que al igual que con La casa de los Ábila, de José Rafael Pocaterra –escrita en 1921, cuando estaba en la cárcel, pero publicada en 1946–, en la que "el asunto es completamente diferente al petróleo, puesto que le interesa hablar de grupos sociales dominantes de la época, sin embargo, hay una referencia a una hacienda en la cual aparece una riqueza en el subsuelo".
"Mene sigue siendo la mejor novela del petróleo en Venezuela, y lo decimos tomando muy en cuenta la desmedida valoración que suele provocar Mancha de aceite cuando rara y eventualmente cae en mano de algún lector prevenido", afirma Campos, y hace alusión "al corte periodístico y de narración rápida" de la novela que la da agilidad y un "trazo eficiente de narración zigzagueante se aviene con la novedad, con lo experimental. Muy cercano a la estructura de ciertas novelas urbanas concebidas en atención a un espacio nuevo, vgr. Manhattan Transfer".
La discusión sobre la literatura del petróleo se mantiene con cierta fluidez o viscosidad en el tiempo. Los grados API que miden la literatura van a depender del punto de vista en que se pongan los críticos e intelectuales. Y algunos prefieren parafrasear al escritor guatemalteco Augusto Monterroso: "Cuando despertó Venezuela, el petróleo estaba allí".

Edición Aniversario No. 3 del Correo del Orinoco. Domingo 2 de septiembre de 2012.
Publicar un comentario