30.9.13

Eduardo Galeano redivivo

En el transitar de Épale CCS los lectores han podido disfrutar de tres novelas esenciales. A partir del próximo número le tocará a un diario: Días y noches de amor y de guerra. Un texto vital y abarcador, como todo diario, pero sobre todo entrañable. En este escrito presentamos, a manera de obertura, un esbozo de su autor. 

por Raúl Cazal. Ilustración: Nathally Bonilla


La palabra de Eduardo Galeano, además de pausada, con una cadencia que dejó de ser voz uruguaya para ser de ninguna parte o de todos lados, revela la reflexión de las historias mínimas, de aquellas que fueron silenciadas o sencillamente son silencios.
Sus crónicas dan cuenta de un continente invadido y de un pueblo que mantiene una esperanza en sus raíces. A veces tiene el ritmo de la nostalgia, que es una de las formas en que la memoria guarda el dolor. También guarda la forma de la historia muy alejada de la academia. El periodismo y el andar por la vida en la búsqueda de realidades le marcaron un estilo que impregna cada uno de sus libros.
A los 14 o 15 años fue mensajero en un banco y, cada vez que podía, hervía el café para que a los directores les diera diarrea. No era nada personal. Fue su manera de enfrentar al sistema, más tarde lo haría desde el periodismo. Primero sería dibujante para el periódico El Sol, en Montevideo. Firmaba “Gius”, españolización de su apellido paterno: Hughes.

Galeano a secas
A los 19 años de edad enfrentó su primera muerte. Era una época en que se sentía solo, “perseguidor, perro que ladra a la luna” y “tartamudeaba disparates, como ser, pureza, sagrado, culpa, hambre de magia”.
Se me había roto el espejo. Dios tenía los rasgos que yo le ponía y decía las palabras que yo esperaba. Mientras fui niño, me puso a salvo de la duda y de la muerte. Había perdido a Dios y no me reconocía en los demás”.
Pensaba eso cuando un automóvil se le fue encima y su cuerpo logró dar un salto descomunal hacia la acera, para luego caer en coma. Cuando despertó y comenzó a escribir nuevamente, firmó con su segundo apellido: Galeano.
“Abrazos! Eduardo”, saludo de Galeano.
Mientras escribía Días y noches de amor y de guerra, se percató de que llamarse “Eduardo Galeano fue, desde fines de 1959, una manera de decir: soy otro, soy un recién nacido, he nacido de nuevo”.
De esos años de dibujante le quedó un chancho (cerdo) con una flor como rúbrica en cada firma de carta, esquela o dedicatoria de libro.
Cazador de palabras
Con su primera muerte consiguió apellido; con la segunda, descubrió que podía contar historias. En su peregrinar por el continente llegó a la selva de Guaniamo, estado Bolívar, y en las minas de diamantes contrajo paludismo, lo que lo llevó a internarse en Macuto.
Ahora yo sabía que un mosquito puede ser peor que una serpiente y también sabía que sería perseguido, hasta el fin de mis días, por el pánico a la vuelta del incendio y el hielo de aquella fiebre. En la selva la llaman La Económica, porque te mata en un día y no tenés que gastar en remedios”.
Entre conversaciones con amigos en Macuto, después de sobrevivir a la malaria, descubrió que era un “cazador de palabras”.
Pensé que conocía unas cuantas historias buenas para contar a los demás, y descubrí, o confirmé, que escribir era lo mío. Muchas veces había llegado a convencerme de que ese oficio solitario no valía la pena si uno lo comparaba, pongamos por caso, con la militancia o la aventura. Había escrito y publicado mucho, pero me habían faltado huevos para llegar al fondo de mí y abrirme del todo y darme. Escribir era peligroso, como hacer el amor cuando se lo hace como debe ser”.
Pero su primer libro, por el que es reconocido mundialmente, no cuenta historias. Las venas abiertas de América Latina aparece en 1971 y Galeano, desde el epígrafe, tomado de la proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en La Paz, 16 de julio de 1809: “... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...”, entrega una investigación rigurosa con la advertencia al lector de que la historia oficial ha ocultado el crimen y despojo al que fue sometido nuestro pueblo americano.
Por décadas, el libro tuvo una honda repercusión, pasó a ser referencia académica en las universidades de cualquier parte del planeta. El presidente Hugo Chávez no desperdició el momento en Puerto España, 2009. Reunida la Unasur con Barack Obama, le obsequió Las venas abiertas... al estadounidense para que comprendiera Nuestra América. No hay reportes de que lo haya leído.
En 1982 Galeano confiesa que fue “un pésimo estudiante de historia”. Memorias del fuego, libro que no es una antología, ni testimonio, ni crónica, pero sí es una contribución “al rescate de la memoria secuestrada de toda América”. En Venezuela se conoció el libro por entregas, en exclusiva, que cedió el autor a Koeyú Latinoamericano, revista político cultural que se editaba en Caracas desde 1978.
El humor y la muerte
Por Memorias del fuego Galeano recibe el premio American Book en 1989. Para recibir tal distinción en Estados Unidos, el gobierno de ese país tuvo que conceder la visa al escritor uruguayo después de habérsela negado.
Hace un cuarto de siglo quise viajar a los Estados Unidos por primera vez. Fui al consulado, pedí la visa. El formulario preguntaba, entre otras cosas: ‘¿Se propone usted asesinar al presidente de los Estados Unidos de América?’. Yo era tan modesto que ni siquiera me proponía asesinar al presidente del Uruguay; pero respondí: ‘Sí’.”
Los funcionarios estadounidenses no comprendieron la broma, inspirada en sus “maestros Ambrose Bierce y Mark Twain”, confesó en la reunión anual de libreros de EEUU, American Booksellers Association, en la ciudad de Los Ángeles, el 26 de mayo de 1992.
Autor de textos literarios, y de periodismo en sus inicios, consiguió un estilo personal a partir de su libro Días y noches de amor y de guerra, por el que obtuvo el premio Casa de las Américas en 1978. Su novela La canción de nosotros recibió en 1975 el premio Casa de las Américas, que compartió con Mascaró, el cazador americano de Haroldo Conti, escritor argentino desaparecido por la dictadura en 1976.
En esa época trabajaban en la revista Crisis (Buenos Aires). Galeano relata:
Suena el teléfono y pego un respingo. Miro el reloj. Nueve y media de la noche. ¿Atiendo, no atiendo? Atiendo. Es el comando José Rucci, de la Alianza Anticomunista Argentina.
A ustedes los vamos a matar, hijos de puta.
El horario de amenazas, señor, es de seis a ocho –contesto.
Cuelgo y me felicito. Estoy orgulloso de mí. Pero quiero levantarme y no puedo: tengo piernas de trapo. Intento encender un cigarrillo.
Fue al exilio. Zafó nuevamente de la muerte. Esa que tanto tuvo que nombrar en textos, pero siempre tiene ese sentido del renacer y de lo que está por comenzar, de los colores de la vida y de la esperanza.



Descargue la edición de Épale No. 49, Caracas, 29 de septiembre de 2013.
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