23.1.14

La guerra económica

Cuando el presidente estadounidense Richard Nixon dio la orden al director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA , por sus siglas en inglés) de hacer “chirrear la economía” chilena cuando apenas comenzaba el gobierno de Salvador Allende, preparaba el golpe de Estado mientras conseguía a los militares que se prestaran para asestar la estabilidad y la democracia que había dado un giro con políticas sociales y soberanas.

La orden se reactivó desde el triunfo de la revolución bolivariana. Desde entonces, los ataques han sido constantes y comenzaron a ser evidentes cuando diputados de oposición entraron a la Asamblea Nacional y en señal de protesta quemaron la recién promulgada Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, en noviembre de 2001. Un mes después, la patronal Fedecámaras convocó a un paro empresarial. El uso de las cacerolas –como en Chile cuando Allende– y la movilización de civiles, el goteo de militares y la orquestación de los medios de comunicación privados consiguieron desestabilizar al país. Su punto culminante lo lograron el 11 de abril de 2002, al derrocar al presidente constitucional Hugo Chávez y establecer un gobierno dictatorial por tan sólo 48 horas.


Una vez que Chávez retoma la conducción del Gobierno bolivariano, la orden de hacer chirriar la economía no cesa y en diciembre de 2002 comienza el sabotaje petrolero que le hizo perder a la nación alrededor de 20.000 MM de dólares. Los sectores económicos del país estaban paralizados y la fuga de divisas se mantenían constantes, como si el país estuviera en condiciones normales. Tras este comportamiento anómalo en las finanzas del país, el presidente Chávez decide, en febrero de 2003, un control cambiario de las divisas. No era la primera vez que un gobierno venezolano tomaba estas medidas y desde entonces la economía se ha regido con este sistema.

La economía venezolana depende en un 95% de las exportaciones de la extracción y comercialización internacional del petróleo. La estructura económica no ha variado desde que el capitalismo del siglo XX le impuso el modelo de monoproductor de esta industria y depende de importaciones de bienes a tal punto que entre 1998 y 2004 el promedio fue de 14.000 MM de dólares anuales. En 2003 llegó a bajar a 8.337 MM de dólares, pero en 2005 se importó casi tres veces la cifra del año en que comenzó el control cambiario y ascendió hasta 47.310 MM de dólares en 2012. El año pasado estuvo alrededor de los 45.000 MM de dólares.

Estas cifras nos indican la fragilidad de la economía venezolana por su dependencia de las importaciones y la cual se ha acentuado, a pesar de que el Gobierno bolivariano ha hecho esfuerzos para diversificar la economía -especialmente en el sector agropecuario- bajo la consigna de conseguir la soberanía alimentaria. Sin embargo, otro elemento permeó dentro de esta estructura donde la ganancia es lo que prevalece: la especulación y la usura.

Comerciantes que habían obtenido dólares a cambio oficial para importar bienes, terminaron vendiendo al comprador final como si la reposición de la mercancía fuera bajo el precio del dólar que se cotiza ilegalmente e incluso hasta en un 3.000 por ciento del valor adquirido. Las empresas que fueron fiscalizadas por orden del presidente Nicolás Maduro, quien avizoró el golpe que se estaba perpetrando contra el poder adquisitivo de los trabajadores y que devendría en la desestabilización del país, cometieron un fraude a la nación.

En ciernes estaban las elecciones de alcaldes y la oposición de derecha en vez de hacer las actividades proselitistas generó concentraciones de protestas, con visos de las que se realizaron en abril de 2002, sólo que en menor escala. Su objetivo era “calentar” la calle y transformar los resultados de las elecciones del 8 de diciembre en un “referendum” para el gobierno de Maduro. La estrategia se desinfló con la victoria del Partido Socialista Unido de Venezuela junto con el Polo Patriótico que obtuvo el 76% de las alcaldías.

La contundencia del triunfo electoral de la Revolución Bolivariana generó la tranquilidad necesaria para culminar el año, pero la instrucción de “hacer chirriar” la economía venezolana no ha cesado.


Raúl Cazal
Caracas, Noviembre-Diciembre de 2013 de la edición venezolana de Le Monde diplomatique
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