6.12.12

Identificación, memoria y el espejo hacia adentro en Todo tiene su final


II Congreso Crítico de Narrativa Venezolana

Ponencia

IDENTIFICACIÓN, MEMORIA Y EL ESPEJO HACIA ADENTRO 
EN TODO TIENE SU FINAL, DE RAÚL CAZAL

Profesor Héctor León García

Porlamar, 2012
                                                                              
 

Belkis, Rogelio y Derlis recorren los bloques, las casas y el espacio de la cañada del 23 de enero, uno de los barrios más emblemáticos y populares de Caracas, en un eterno des(encuentro) con la vida y con la muerte todos los días. Nada extraña, todo pasa o puede pasar. Es el sitio ideal de los azares, es la forma habitual del quehacer diario, es el nudo de la mañana, de la tarde y de siempre, en fin, es el barrio caraqueño, ¡Ah! Y es la salsa, la de Fania  –¿hay otra?–, la de los setenta, la dura, la brava, que hace la vida, es el gran Maelo, el Lavoe, el sonido bestial del Richie Ray, y la rumba que engalana las casas, los bloques, los ranchos. Como el título del libro a ser comentado, todo tiene su final, porque el día es el final, o la noche, y “nada dura para siempre”.
    
El texto de Raúl Cazal (1992) explora el barrio, su lenguaje, la periferia pues, y asume su existencia que hace propia, su integración y por supuesto la memoria del otro, que soy yo y eres tu y nosotros, protagonistas de la rumba eterna y peligrosa de las barriadas caraqueñas y su ley.

José Luis Romero, ese agudísimo investigador argentino, en una obra ya clásica: Latinoamérica “Las ciudades y las ideas” (2010) afirma en el capítulo “Las ciudades masificadas” que “después de la crisis mundial de 1930 hubo una ofensiva en Latinoamérica del campo sobre la ciudad, de modo que se manifestó bajo la forma de una explosión urbana” para más adelante agregar que “la ciudad se inundaba y el número de los recién llegados, de los ajenos a la ciudad, siguió creciendo a una velocidad mayor que la que desarrollaron para alcanzar los primeros grados de la integración (323).

Ya en los años setenta las barriadas estaban asentadas, y es el mismo Romero quien afirma que “urbanísticamente  esas zonas aseguraron la continuidad de una ciudad que tendía a extenderse periféricamente, socialmente fueron el hogar de ciertas avanzadas de los grupos inmigrantes que hicieron allí (…) los primeros ensayos de su integración” (353).

Raúl Cazal publica en 1992 un libro de relatos, Todo tiene su final, que podemos ubicar dentro de lo que alguna crítica denomina la literatura del post-boom, es decir, aquellos textos que se van a producir a partir de la década del ochenta del siglo pasado, y que van a crear una imagen instalada en el pasado reciente, delimitando el espacio de la existencia personal y colectiva, que ha conseguido asimilar un mundo de valores simbólicos, que de alguna manera han integrado lo complejo del barrio, sus pasiones y su violencia , pero también la música, que permite a su vez reinstaurar un tiempo y un espacio sagrado. Es uno de los valores de Todo tiene su final, capaz de revelarnos los más crudos conflictos socio-económicos, dentro de un esquema de tradición oral, de vivencias compartidas y que observaremos más adelante.

 Hasta la década del sesenta, lo popular siempre fue considerado como una temática marginal, identificado con las nociones del “destino impuesto”, lo que se desprecia o reivindica como diría el escritor mexicano Carlos Monsivais. Los narradores del boom, sobre todo, se permitirán una pluralidad temática, que consigue proyectar, redimensionar todas las esferas de la vida social. Todo es narrable y algunos escritores se vinculan a sus propias tradiciones, incorporando temas y manifestaciones que la “gran crítica” consideraba de un gusto alejado de los grandes temas universales. Sin embargo, a pesar de que algunos narradores del boom –Cabrera Infante, Puig, Garmendia– consiguen romper con los esquemas tradicionales, en cuanto a una temática variada, la música popular, con su enorme significado, sus grandes intérpretes y compositores, no logran ser asimilados, aceptados, por esa élite que a decir de Jorge Bracho (2007) pareciera todavía poseer “una fuerte creencia en un orden unívoco, plagado de una fuerte tendencia hacia la homogeneidad, que hace inevitable la negación del otro, categoría esta con la que es posible la explicación del silenciamiento (…) de aquellos grupos culturales dejados al margen” (82-83).

EL ESPEJO HACIA ADENTRO DE TODO TIENE SU FINAL

 La literatura opera como dispositivo simbólico de reconocimiento/aceptación de un cada vez más creciente segmento poblacional latinoamericano, en una sociedad evidentemente globalizada y de centros con pretensiones homogeneizantes. En verdad la literatura latinoamericana liga identidades en movimiento, narraciones, imaginarios y aspiraciones colectivas. Es un proceso, una construcción, que integra, a su vez, una potencia emancipadora y de repensamiento del presente y que se puede ver como un aporte y un patrimonio autónomo de nuestra cambiante realidad, que decodifica nuestro ser regional, local, y reconstruye un ethos genuino y diferenciado, que puede ser considerado un verdadero activo en la producción de conocimiento, integrando a su vez un discurso de voces horizontales –en el caso de Todo tiene su final– como modo de encarar el universo particular y simbólico de los barrios caraqueños. Es el espejo hacia adentro, en el que visualizamos un territorio, una lengua, una historia compartida, una memoria y aspiraciones comunes. Es nuestra región cultural “cuyo sentimiento identitario brota espontáneamente gracias a la autodeterminación implícita e instintiva que toda nacionalidad presupone” (Aínsa, 1999:204).

Todo tiene su final, como ya señalamos, se produce en 1992. Anteriormente Raúl Cazal había publicado El bolero se baila pegadito (1988) y el libro de poesía Algunas cuestiones sin importancia (1994). El libro está compuesto de once relatos que temporalmente se sitúan en la literatura del post-boom, que a decir de Francisca Noguerol (2008) “defendió el retorno al individuo en sus argumentos, lo que explica el éxito de crónicas, autobiografías y diarios en los últimos treinta y cinco años” (Noguerol:26)

 A través de Todo tiene su final, nos acercamos también a unos textos producto de un sincretismo que se genera, como sugerimos, a raíz del fenómeno de las migraciones, tanto en el mismo país como en toda el área del caribe.

 Álvaro Salvador (2008) afirma que la producción literaria que se produce sobre todo a partir de la década del ochenta del siglo pasado “Es una literatura sin pretensiones, que no aspira a ordenar el mundo (…) sus personajes no son ya seres míticos, espesores simbólicos (…) sino individualidades que navegan a la deriva en un mundo definitivamente desordenado (…) que solo aspiran a la aventura de su propia sentimentalidad” (139).
  
Pero algo mas, Todo tiene su final es un texto híbrido, que además temporaliza un suceder exterior e interior de sus personajes, que nos remite a espacios concretos, y en los que el lenguaje pareciera dirigirse mas hacia si mismo, que hacia las cosas. Todo esto bajo la perspectiva del significado que la música tiene para los barrios caraqueños, en este sentido la salsa, y que el discurso literario asume como un universo referencial, que se integra a un contexto musical que bien pudiéramos ubicar hacia los años setenta al ochenta del siglo pasado. De ahí que no es casual la afirmación que el crítico salsero Alejandro Ulloa (2009) hace con relación a la importancia de las letras de la salsa, en el contexto de los años setenta “Es cierto –dice Ulloa– que en el mensaje verbal de los 70, se enfatiza mas en la vida del barrio, sus personajes, sus dramas, sus tragedias cotidianas, compartidas por las masas urbanas, de cualquier país caribeño o latinoamericano” (270).

El primer cuento de Todo tiene su final es “Sonido Bestial”, que como es conocido, es una de las piezas salsosas más emblemáticas de la década del setenta, cuyo sonido y textura musical forman parte de los cambios que experimentó la salsa a finales de la década del sesenta. En “Sonido Bestial”, el cuento, ya aparecen los signos, los significados, las historias, las anécdotas,  que desarrollarán los distintos narradores que irán contando los dramas, las tragedias, las pasiones y los ensueños de un barrio caraqueño. Es el introito de los aconteceres que se desplazan y diluyen en la agitada vida del 23 de Enero –o de Catia, o Antímano, o Tepito o Rosiña–. Es un mundo subterráneo, particular, codificado. Los narradores concilian con sus propias realidades, instauran sus propios pensamientos: “Si recobro la memoria será para mi bien. Puede ser que esto que estoy diciendo suene a egoísmo, que me importa un pepino la suerte de Derlis, pero no es así, brother” (Cazal,1992:9)

El narrador, que a lo largo de los cuentos diversifica su posición para contar distintas historias, asume su rol de protagonista parcial / imparcial, para destacar el misterio que rodea la muerte y la desaparición de dos personajes siniestros del barrio: Rogelio y Derlis. En una prolepsis de la historia, nos enteramos de lo que supuestamente sucedió con Rogelio y que vive en los demás personajes, a través de la persistencia del rumor

Siempre me hice la misma pregunta de qué pasó con Derlis…
Todo parecía indicar que ella discutía con su esposo sobre la culpabilidad de Rogelio…
los vecinos del sector supusieron que el culpable de la muerte extraña o accidental, pero muerte al fin, de Rogelio, era Derlis…
 (Cazal,: 1992: 9-12)

 Aunque hay retrospecciones y prospecciones en “Sonido Bestial”, siempre hay una unidad de tiempo “es lo que en la comunicación hay de permanente reconstrucción del nexo simbólico: a la vez repetición e innovación, anclaje en la memoria y horizonte abierto” (Barbero, 2000:75).

En “Sonido Bestial”, además, el espacio no se admite cerrado, sin que medien instancias secuenciales, característica por demás de las vanguardias artísticas, el narrador detiene el tiempo en la evocación, aunque al decodificar el texto, plantea la oscilación del tiempo que ordena y reordena los enunciados verbales: Armando dio unas instrucciones un poco tardías: Bueno, están en su habitat, por allá los rones y los hielos, las cervezas todavía están calientes, así que…y Belkis era una imagen en los ojos de Derlis (Cazal1992:14).
    
Como bien dice María Julia Daroqui (2005) “Estas interferencias de aquellos “enunciados primarios”, con sus particulares registros de los acontecimientos, proporcionan a la trama (…) la necesaria re-significación de los sucesos, como la complicidad del lector / escucha”(139).

Rogelio será entonces, a través de uno de los narradores protagonistas, una figura concreta, pero que se diluye en otros narradores, en otras voces que dimensionan su grandeza, pero también su tragedia, su desdicha. Es el chulo del barrio, que con su nueve milímetros, obliga a la gente del barrio a admirarlo, a respetarlo, a temerle. Rogelio se integra así a un imaginario social que procederá a descalificarlo, a olvidarlo, cuando lo saben desaparecido. Es la historia evocada de su muerte. Es la memoria de los habitantes del barrio, ratificada en uno de los narradores que cuenta una historia que ya fue.

 (…) Todo parecía indicar que ella discutía con su esposo sobre la culpabilidad de Rogelio, porque él no tenía razón ni derecho de castigar a una niña de ocho años en plena vía pública. (Cazal, 1992:11).

“Esos cambios, esas mutaciones, esas transfiguraciones, descentran el discurso sobre el pasado, lo hacen híbrido, lo pluralizan” (Franco, 2007:39). En la continuidad de “Sonido Bestial”, las historias, superponen otras historias, o diríamos mejor, micro relatos, que interrumpen la linealidad del relato central, de las realidades evocadas en el tiempo que se narra. Es la violación, por ejemplo, de una vieja en uno de los ascensores del bloque. Esta violenta escena está protagonizada por otro de los personajes siniestros de Todo tiene su final, Derlis, quien atravesará el texto, hilvanando una referencialidad de su carácter misterioso, ambiguo, y que al igual que Rogelio pervive en el rumor de los narradores y los personajes de los distintos relatos de Todo tiene su final

Por supuesto, para aquel entonces nadie conocía a este personaje, pero logró gran popularidad desde el mismo instante de su muerte (…) todos le hacían la cruz (…) Decían que Derlis pasaba tranquilo por la esquina porque todos los días asesinaba su espíritu… (Cazal,1992:12-13).

El accionar de Derlis está signado por las circunstancias que anuncian un fatal desenlace, como en las narraciones románticas del siglo 19. La acusación de violación de la vieja en plena fiesta, la emboscada de la que consigue escapar, las sospechas de sus crímenes, su pervivencia en el recuerdo y su desaparición abre las interrogantes que serán aclaradas en el último cuento del libro: “Derlis tiene su final”.

En “Sonido Bestial” también aparece la figura destacadísima de Belkis, especie de femme fatal que recorre el texto y el barrio. En medio de la rumba, donde la aguja del pick-up intensifica el recuerdo de lo más granado de la salsa del 70, es decir, la música vanguardista del gran Richie Ray, la Sonora Ponceña, las piezas magistrales del gran Ismael Rivera, por cierto asiduo visitante del 23 de enero, intrahistóricamente hablando. Belkis es el ambiente del barrio, es la figura cándida que apresa los instantes y las intensidades de los hombres.. Es el amor urbano, como el título de uno de los cuentos, en los que “Belkis es el único mapa que visito constantemente para no perder la dirección” (Cazal, 1992:36).

En “La verdadera historia de Rogelio” se entremezcla de nuevo la realidad y la reflexión existencial del narrador, para aclarar la muerte del malandro Rogelio Suárez: fue muerto en su ley, asesinado en una esquina y no pudo defenderse con su 9 milímetros. La historia, una vez mas, de diluye entre la anécdota, el micro relato y el suceder interior del narrador. Al respecto afirma María Julia Daroqui (1998) en relación a algunos textos de la narrativa hispanoamericana de los 70, que ellos introducen en el discurso ficcional ciertos procedimientos tanto en las modalidades de la voz narrativa, como en los desplazamientos del accionar en la figura del personaje. El uso de la primera persona de la voz narrativa como un yo/colectivo, donde el narrador y protagonista se diluyen en un mismo entramado textual, pues esa voz  se siente portadora consensual y, por lo tanto, se asume como intérprete de su época y de su generación (63).

Esa desalienación de lo argumental de Todo tiene su final, irá caracterizando los cuentos, que sin embargo conservan esa mediación significativa que se da entre las obras literarias y la realidad que las produce. Como ya señalamos, los distintos narradores detienen el tiempo en la evocación, para rescatar una memoria en los instantes apresados, en las vivencias contextuales. Volviendo a la Profesora Daroqui (1998) diremos que:

Por la ranura de estos relatos se filtran interferencias, construcciones paródicas códigos discursivos de otras manifestaciones estéticas, que propician un extenso diálogo. De igual modo, las voces y las figuras de aquellos sujetos desplazados hacia los bordes por la hegemonía discursiva, pueblan los lugares de los espacios enunciativos (18).

En efecto, en Todo tiene su final existe un clima interior que el narrador consigue referenciar en el barrio, en su violencia, en sus solidaridades, en sus vericuetos amorosos, en las sonoridades de la salsa brava. Los cuentos parecieran detenidos en un puro presente existencial, de un recuerdo permanentemente actualizado

 “Belkis, esto en realidad no lo debería contar por ética” (Cazal, 1992:67).
“En estos momentos sentí que a Belkis no le interesaba mi confesión”  (Cazal, 1992:70).
 “En estos momentos no me daba pena pensar que el man que necesitaba Héctor para tocar los bongós de su orquesta era yo” (Cazal, 1992:51).
 “Pero, ¿ladrón por no querer saber nada de la vieja y mandarla en un dos por tres para el carajo? Porque había que callarla a patada limpia (Cazal, 1992:78).

En “Sombras nada más”, título de uno de los cuentos, además del nombre de un tango-bolero famoso en Latinoamérica, reaparecen de nuevo en la persistencia del rumor los personajes emblemáticos del barrio que han recorrido los cuentos. En una atmósfera surrealista, las sombras que angustian al narrador son impulsadas por el encuentro con una mujer harapienta. La acción transcurre en dos días, estableciendo una especie de circularidad obsesiva que el narrador va caracterizando a través de los personajes. Rogelio, Belkis, algunos salseros como el Cheo Feliciano y el trompetista Perico Ortiz. De nuevo el narrador entrecruza las realidades en el transcurrir del día, hasta que llega a su vivienda. Las sombras: del atraco, de una mujer que desea, de los pasos nocturnos, en fin del miedo

“las sombras se intercalaban, se permutaban, desaparecían unas y aparecían otras de manera chinesca. Cambiaban de sexo, de ropa, de tonalidades” (Cazal, 1992:81).

El narrador no puede resolver el misterio de la mujer harapienta, a quien busca con insistencia y regresa de nuevo al hogar “mañana será otro día de dudas o decisiones”, nos dice al final el narrador.

En el último de Todo tiene su final, se devela la muerte de Derlis y en el, como en cuentos anteriores, volvemos otra vez al tiempo de la reflexión existencial, a partir de la evocación apresada largamente, alrededor de la cual se recrea la figura siniestra del malandro Derlis, y en la que el narrador integra los acontecimientos en una esfera del antes, el ahora y el después.

La vida está escrita Derlis (…) tampoco basta con que tengas ganas de matar a alguien (…) eras el mejor discjockey porque te las sabías todas (…) Si a nadie le dolía tu muerte, ¿por qué subió ese grito de dolor hasta los oídos de tu vieja. (Cazal, 1992:1101-103)

     En el antes nos percatamos de la presencia intimidante de Derlis, que sirvió de hilo conductor a su presencia en el primer cuento, “Sonido Bestial”, donde estaba confusamente ausente y en la que se documenta lo afectivo del personaje, pero que en la esfera del ahora, en su enunciación, el narrador patentiza lo real verosímil., que es el que guarda las dimensiones exactas del recuerdo “te la diste de chévere y quedaste guindado”. Se desquita así el narrador / personaje cuando temporaliza el ahora, lo que deriva una actitud crítica hacia Derlis, de su aspiración amorosa hacia Belkis, de su único centro de atención, que era su gusto por la salsa y sus intérpretes, de su violencia inútil y cruel. “Eres un muerto Derlis”.

Todo tiene su final en su carácter de contar historias que parecen regresar, donde la linealidad muchas veces se interrumpe, para contar lo que parecen sueños, de personajes que parecen desintegrarse y reaparecer en sucesivos cuentos, que parecen desdoblarse en el ir y el esperar, aunque remita a un espacio y tiempo concreto, el barrio y la música salsosa de los setenta, integra a su vez acciones recurrentes, circulares, como la del texto mítico, como ya señalamos.

Pero Todo tiene su final es también un texto de la memoria, de los instantes apresados, de la violencia del barrio, de su esperanza, de sus códigos, de su tiempo lingüístico, de sus pasiones ¡ah¡ y de la música que consagra la vida y la muerte. Citando de nuevo a José Franco diremos que:

La memoria se hace en el sujeto (sea el texto que sea); el sujeto es el albacea de la memoria (estamos hablando de discurso), pero también y sobre todo el sujeto es en y por la memoria, es ella la que constituye al sujeto (Franco, 2007:34).

Raúl Cazal consigue, así, desplazar sus recuerdos hacia el recuerdo de los otros. Temporaliza un suceder interior, que a su vez contextualiza un mundo concreto, envolvente, angustioso y perturbador, donde también lo onírico tiene su presencia, porque en verdad todo tiene su final y nada dura para siempre.




REFERENCIAS

Aínsa, Fernando (1999) La reconstrucción de la Utopía. Buenos Aires. Ediciones del sol.

Barbero, Martín (2000) Al sur de la modernidad. Pittsburg. Nuevo siglo.

Bracho, Jorgue (2007) Miranda, Bolívar y Bello. Tres tiempos del pensar Latinoaméricano. Caracas. UCAB.

Cazal, Raúl (2006) Todo tiene su final. Caracas. Comala. [Las indicaciones de páginas corresponden a esta edición. La primera edición fue en 1992, Espada Rota].

Daroqui, María (2005) Escrituras heterofónicas. Rosario, Argentina. Viterbo.

____________ (1998) Dis(locaciones). Valencia, España. Tirant le blanc.

Franco, José (2007) Figuras de la memoria. Caracas. Monte Ávila.

Romero, José (2001) Latinoamérica, las ciudades y las ideas. Buenos Aires. Siglo XXI.

Salvador, Álvaro (2008) Apostillas al otro boom de la narrativa hispanoamericana. Madrid. Iberoamericana.

Ulloa, Alejandro (2009) La salsa en discusión. Cali. Univ. Del Valle.

Publicar un comentario