
Guillermo Sucre había escrito, en su libro La máscara, la transparencia, que “los signos de la pasión son cambiantes”, que van entre alma y cuerpo, amor y erotismo. Así va la poesía, de un trecho a otro por la necesidad de volcar la palabra y el cuerpo. Como lo explica Denis de Rougemont –en palabras de Sucre– “el amor tiene su origen en el mismo impulso espiritual que hace nacer al lenguaje”.
De lo que está hecha la vida, hace rima el poeta. Así va con sus derrotas a cuesta; pero lo que importa es el intento. “En el amor / Nadie sale invicto”, versa Earle. Al igual que un personaje de Stendhal cuando dice: “Si pronuncian la palabra amor, estoy perdido”.