5.5.15

El fantasma de Marx

Carlos Marx es el fantasma que aterra al capitalismo. Su obra filosófica, política y económica –escrita, en buena parte, junto a Federico Engels– es constantemente señalada como teoría caduca, que no puede ceñirse a nuestros tiempos. Supuestamente no tiene respuestas ante tantas innovaciones. Sin embargo, algo no ha cambiado y se acrecenta con el paso de los tiempos: la brecha entre explotadores y explotados.

A finales del siglo pasado, cuando del muro de Berlín no quedaba una piedra sobre otra y se pregonaba el “fin de la historia”, quedando el capitalismo a sus anchas, el historiador estadounidense Howard Zinn puso a Marx en escena en pleno Soho –no en el londinense donde este vivió durante su exilio, sino en el de Nueva York– para expresar que sus ideas no habían muerto.

“¿No dije, hace ciento cincuenta años, que el capitalismo incrementaría enormemente la riqueza de la sociedad, pero que esta riqueza sería concentrada en muy pocas manos?”, reza el monólogo del filósofo alemán en Marx en el Soho.

La revolución proletaria
Marx no fue profeta en su época. Fue injuriado y vilipendiado por haber puesto en evidencia la estafa que cometía el sistema capitalista con los proletarios: el robo de una parte del valor de la producción de su trabajo. Su vida siempre estuvo vigilada por espías, por ser el ideólogo de una revolución que parecía inminente.

Fue expulsado de Prusia después de haber encendido polémicas en la Gaceta Renana en contra de las clases reaccionarias. En Francia el emperador Luis Felipe fue convencido por Alexander von Humboldt para que expulsara a Marx, que en ese momento, 1845, escribía para Vowarts! (¡Adelante!), periódico bimestral que reunía a activistas radicales. Igual suerte tuvieron los redactores Heinrich Heine, Arnold Ruge, Karl Bernays y Mikaíl Bakunin. Su exilio final fue en Londres.

Los artículos de Marx señalaban siempre la injusticia, y como científico social reconoció la acelerada globalización del comercio; por lo que entendió tempranamente que la revolución debía también ser global. Los proletarios eran la clase que derrocaría el sistema capitalista porque era la que no tenía nada que perder “más que sus cadenas”.

Justos por comunistas
Cualquier fecha puede ser propicia para recordar a Carlos Marx. Próximo está el bicentenario de su nacimiento. El 5 de mayo de 1818 nació en Tréveris, Reino de Prusia, en medio de una familia judía conversa al protestantismo para poder subsistir. Recientemente apareció una biografía de la periodista Mary Gabriel, Amor y capital. Karl y Jenny Marx y el nacimiento de una revolución, que ubica al filósofo y activista político alemán dentro del contexto familiar que comienza en Tréveris, 1835, con la hija del barón Ludwig von Westphalen: Jenny. Mujer con quien contraería matrimonio, compañera con quien discutiría estilos literarios mientras realizaba su obra revolucionaria.

Sus hijas que sobrevivieron, Jenny, Laura y Eleanor –tres niñas y un niño perecieron a consecuencias de enfermedades, pero sobre todo por la pobreza que padecieron– con el tiempo pasaron a ser sus asistentes. Eran ellas quienes  transcribían en limpio los manuscritos, labor en la que reemplazaron a su madre. También jugaron un papel importante en la vida familiar Helen Demuth y Engels, que desde el primer encuentro se hicieron compañeros, para luego mantener una amistad inconmensurable.

Junto a Engels escribió La Sagrada Familia, o Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer (1845) y La ideología alemana (1846). Ambos se unieron a la Liga de los Justos, que luego transformarían en la Liga de los Comunistas. Esta organización les propuso que escribieran un documento que sirviera para reclutar nuevos miembros. Engels, junto con otros de la Liga escribió una primera versión, pero es la de Marx la que se terminó por imprimir. Engels le había escrito: “Piensa un poco en la Confesión de Fe. Creo que haríamos mejor abandonando la forma catequística y titulando sencillamente Manifiesto Comunista”. Ambos firmarían el Manifiesto del Partido Comunista (1848).

La crítica roedora
Marx había prometido a un editor entregar un libro sobre economía política, pero su junta con Engels hizo que desviara el proyecto para saldar cuentas con la filosofía alemana de su época, que se cristalizó en una crítica a las tesis de Feuerbach, Bauer y Stirner entre otros “profetas” del socialismo alemán.

El manuscrito La ideología alemana fue desechado por el editor, que esperaba uno sobre economía política y se mantuvo inédito hasta 1932. Marx escribió complacido: “Confiamos el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, de tanto mejor grado cuanto que habíamos conseguido ya nuestro propósito fundamental, el cual no era otro que esclarecer las cosas ante nosotros mismos”.

Siguió aplazando el encargo sobre economía política porque esta vez Pierre-Joseph Proudhon acababa de publicar en dos volúmenes bajo el título La filosofía de la miseria. Marx respondió con La miseria de la filosofía: en 100 páginas volcó sus teorías sobre la historia, la economía y la revolución.

La obra capital
En 1852, Marx dijo a Engels que en cinco semanas culminaría El Capital, pero el primer volumen apareció 16 años después y no tuvo la repercusión que esperaba, al punto de que llegó a confesar: “Los derechos de El Capital no llegan ni para pagar los cigarros que me fumé mientras lo escribía“.

Los rusos fueron los primeros en solicitar permiso para traducir El Capital. No era la primera obra del autor que traducían y estudiaban con fruición. Sólo casi tres lustros después apareció un artículo en inglés de Ernest Belfort Bax, filósofo y dirigente socialdemócrata inglés, quien elogió la obra: El Capital “contiene la elaboración de una doctrina económica comparable en su carácter revolucionario y en la importancia de su alcance al sistema copernicano en la astronomía o a la ley de la gravitación universal en física”.

El proyecto de El Capital estaba dividido en cuatro volúmenes. Tres quedaron pendientes cuando murió Marx en 1883. Delmuth consiguió el manuscrito del segundo y se lo entregó a Engels poco tiempo después de la muerte del Moro –como le decían familiarmente–. Este lo revisó y envió a imprenta dos años después.

El manuscrito del tercer volumen estaba desordenado entre los papeles de Marx. Sin embargo, Engels no desmayó en ordenarlo y pasarlo en limpio. El cuarto estaba poco elaborado, aunque había escrito alrededor de mil folios.

Vladimir Lenin resumió la obra de Marx y Engels de esta manera: “enseñaron a la clase obrera a conocerse a sí misma y a ser consciente de sí misma, y sustituyeron sus sueños por el conocimiento científico”.

El Capital comenzó a tener mayor interés y a ser traducida a diferentes idiomas después de su muerte. Los trabajadores comenzaron a organizarse en sindicatos y a exigir, además de un mejor salario, reivindicaciones sociales como mejores condiciones de trabajo y ocho horas de jornada laboral, gracias al activismo que llevó durante buena parte de su vida con la Asociación Internacional de Trabajadores.

El dramaturgo inglés George Bernard Shaw expresó que Marx “realizó la mayor proeza literaria que puede hacer un hombre…”. Sin lugar a dudas, “Marx cambió la mente del mundo”.

Publicado en Correo del Orinoco, No. 2.029, domingo 17 de mayo de 2015, Caracas, pág. 20.

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