29.8.02

No es un pecado que un libro sea divertido

Las novelas de Santiago Gamboa son como un road movie, sus personajes nunca descansan y andan de un lado para otro. Van desde un extremo el otro de la ciudad tras la pista de los autores de un brutal crimen (Perder es cuestión de método, Norma, 1997). Pueden estar en Bogotá como en una habitación en París pasando el frío hereje un invierno cualquiera haciendo historia de la historia de su vida y del país (Vida feliz de un joven llamado Esteban, Ediciones B, 2000). Todas sus novelas no son una porque cada una de ellas tiene una historia muy particular. En Los impostores (Planeta, 2002) los personajes, desde distintos lugares y continentes, deciden viajar al mismo lugar: China.

Gamboa debutó en las letras colombianas con su novela Páginas de vuelta (Norma, 1995) y fue considerado como una de las voces más innovadoras de la nueva narrativa. Hoy mira con distancia su primera novela por considerarla muy racional "sobre lo que una novela debe ser".

-Aunque allí hay historias, me vi influenciado por lo académico. Hay unos juegos en su composición que distan mucho de lo que posteriormente realicé y que me llevaron a concebirla desde el placer”.

-¿Cómo se salva Santiago Gamboa de escribir una literatura tediosa?

-A finales de los 70 existía la idea de que había dos mundos que estaban reñidos: las novelas de aventura y la de reflexión. Los que abogaban por la novela de reflexión, influenciados por las corrientes académicas francesa, decían que las de aventuras y de acción estaban a la altura de los libros de bestsellers. También suponían que en ellos no había ideas ni concepciones sobre el mundo, introspecciones muy profundas sobre el ser humano cuando realmente eso no es cierto porque existen autores magistrales que han abordado la novela de aventura, intriga y suspense como lo fueron Ernest Hemingway, Graham Greene, Joseph Conrad, donde sus libros son ligeros, entre comillas, en la medida que los personajes son llevados por acciones e intrigas pero al mismo tiempo plantean propuestas estéticas, ideas y reflexiones. Soy de los que cree que la literatura debe tener una historia y eso durante algún tiempo se perdió. Es por ello que vimos novelas intimistas, donde lo primordial era la reflexión, el discurso. Los personajes estaban absolutamente desdibujados y no pasaba absolutamente nada. Algunos querían representar las corrientes filosóficas o políticas que militaban pero se olvidaban que lo que hace una novela es que el lector se reconozca en ellas, en las historias. Es por ello que ahora no es un pecado que un libro sea divertido.

-¿Llegaste a esta conclusión porque estudiaste literatura?

- Conocer de literatura lo que puede ayudar es a refinar el gusto, a ser más exigente con lo que escribes, a conocer los elementos claves que conforman la novela de Kafka. Pero esto nada tiene que ver con escribir bien o mal las historias. Con el tiempo comprendí que había una especie de temperatura que exigen los personajes de una novela para que entren en complicidad el escritor y el lector. Esa complicidad es la pasión.

- En tu novela Perder es cuestión de método el detective Aristófanes Moya es una persona culta, ¿es cierto que los bogotanos son muy cultos?

- Hay una tipología humana en Bogotá que le da mucho valor a la cultura. Aún si no la tiene, pretende imitarla. Este personaje del detective lo que le da es una atmósfera humorística porque su sabiduría reside en las referencias populares, que pueden llegar a definiciones o discursos que tienen personas que han estudiado. Sus referencias son “como decía mi abuelo”, o frases rescatadas de la tradición oral, de las canciones populares, de los dichos que de algún modo explican la vida. Cuánta gente no te contradice algo basándose en una canción de Pedro Infante. Es similar a las referencias cultas si la miras desde muy cerca.

- ¿A qué se debe la predilección por escribir novela negra?

- A mi me gusta mucho la intriga. Literariamente es muy interesante porque genera una complicidad entre el autor y el lector porque llama a una parte de la persona que es la curiosidad. A través de ella, tu vas dejando pistas que el lector las va develando en la medida en que avanza con la lectura y eso te permite contar otras historias que el lector las va siguiendo con el mismo placer. Al lector hay que darle algo que siga leyendo porque de otro modo sería un acto de fe. El lector no tiene la culpa de que yo haya decido ser escritor.

- ¿Cuando escribes piensas en algún lector ideal?

- Cuando pienso en el lector ideal pienso en mí como lector porque cuando escribo una novela no tengo muy claro cómo va a ser. Es decir, tengo alguna noción de cómo voy a empezar, cómo continuar y hasta cómo sería el final, pero no sé exactamente la historia total. Cuando escribo comienzo un proceso de búsqueda porque no lo tengo todo en la cabeza. Y una vez que termino de escribirla yo soy el primer lector. Ese es un tipo de escritor, así escribo yo. Hay otros, como Luis Sepúlveda, que tiene toda la novela pensada, es decir, que primero hace el proceso de búsqueda sin escribir. El te cuenta toda su novela con una cerveza en la mano. Después se sienta a escribirla y en tres meses tiene el libro.


Gabo no pesa tanto

Santiago Gamboa media entre la literatura y el periodismo, como muchos escritores. Su más reciente novela, Los impostores, es el resultado de unas lecturas que realizó en China y de algunas anécdotas que surgieron en ese viaje para escribir un libro por encargo: Octubre en Pekín (Ediciones B, 2001). No es la primera vez que le sucede esto a un autor. Como dice Gamboa, “salvando las distancias, a Graham Greene le encomendaron que escribiera sobre México y lo mandaron para allá y publicó Camino sin ley. Posteriormente, como resultado de esa vivencia escribió la novela El poder y la gloria”.

El primer libro -si se quiere llamar- periodístico de Santiago Gamboa es Jaque mate (Norma, 1999). Gabriel García Márquez recomendó al general Rosso José Serrano Cadena para que Gamboa escribiera cómo fue que le ganó la partida a Gilberto Rodríguez Orejuela, “El Ajedrecista”, y a los carteles del narcotráfico en Colombia.

-La crónica y el reportaje, es una forma de literatura como dice García Márquez. Es por ello que me va muy bien andar entre esas aguas y sobre todo porque te ayuda a estar ejercitando el músculo de la escritura. Cuando me encomiendan escribir Jaque Mate para mi fue una experiencia muy particular porque conocí de algún modo lo que rodea a García Márquez, su estudio... Es el autor de por lo menos uno de los libros más importante de la literatura universal.

-¿Pesa mucho García Márquez sobre los escritores colombianos?

-En los escritores de mi generación no, porque nosotros cuando lo leímos, él ya era un clásico de la literatura. Sin embargo, los escritores de hace dos o tres décadas, sentían la respiración de García Márquez por encima del hombro cuando escribían. Era muy angustiante para ellos tener a ese enorme mundo, pesadísimo, casi total y tener que escribir otras historias compartiendo el mismo mundo. Imagínate el drama de algún escritor de Cartagena que vino después de García Márquez. Cuando leí Cien años de soledad, apenas tenía catorce años y de ahí a cuando empecé a escribir hay mucha distancia, por eso nunca me preocupó y nunca lo consideré un escritor contemporáneo. Aunque en literatura no es como el deporte que llegada una edad dejan sus marcas y se retiran para que vengan otros a superarlas. En literatura, el escritor escribe hasta el último momento de su vida.

-¿Pero en los escritores de tu generación no hay influencias de García Márquez?

-Indudablemente que las hay, pero no en la escritura sino como modelo de lo que es capaz de hacer un escritor. Hace poco estuve en Siria en un congreso sobre literatura y escritores sirios hablaban de la influencia que él había ejercido en su obra. Eso es un escritor que crea un mundo y es el ejemplo que hay que seguir de él.

-¿Hay que ser un impostor para hacer literatura?

-Es una forma de comprender el oficio de escribir. La impostura es la necesidad que puede sentir uno como creador de desdoblarse y exponer ideas y situaciones en otros personajes para que de laguna manera brillen más, sean más eficaces y para crear un mundo a partir de experiencias personales. Mario Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras nos expone que la literatura se basa de alguna manera en algo que nosotros llamamos mentiras. Lo que sucede en los libros a nadie le preocupa si fue o no fue verdad. Y todo el mundo sospecha que no fue verdad. Pero como la literatura es un mundo paralelo, a través de las mentiras se llegan a verdades.
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