9.10.05

Tokio Blues

Leí casi de un solo tirón la novela de Haruki Murakami, Tokio Blues. Me lo regaló Carola y Pablo el día de mi cumpleaños y me advertían en una tarjeta que lo hacían, no porque haya vendido 4 millones de copias, sino por la faja, donde reza lo siguiente: «Adverdencia: Murakami -al igual que los Beatles- produce adicción, provoca numerosos efectos secundarios y su modo de narrar tiene algo de hipnótico y opiáceo.» Rodrigo Fresán, El País.

El título original es Norwegian Wood, una canción de los Beatles, y es tan solo una pista para el lector porque también pudo llamarse Scarborough Fair, de Simon & Garfunkel. No es una época lo que retrata sino un estado de ánimo de quién está en la edad de los 20 años. Edad que pareciera ser eterna.

Tokio Blues me trae a la memoria esos años, mis años 20. Tengo la leve impresión de que quería ser escritor y apenas empezaba a comprender que para escribir había que vivir.

Quizá por ello mis primeros cuentos tenían que ver más con mis lecturas de cuentos de Cortázar. Después vino Roberto Arlt y ya había leído a Benedetti, a Galeano. Le siguieron los libros de varios premios de novela Casa de las Américas. Recuerdo Itzam Na de Arturo Arias, Jonás y la ballena rosada de José W. Montes, Maluco de Napoleón Baccino Ponce de León y el último que leí de este premio Esta maldita lujuria de Antonio Elio Brailovsky.

La música era la salsa, la literatura que me rodeaba era latinoamericana. A García Márquez lo leí obligado y con placer, igual sucedió con País Portátil de Adriano González León. Aunque debo confesar que primero vi la película y me gustó. Cuando fui al libro pensé que no me iba a gustar, pero resultó todo lo contrario auqnue siempre pensé que el final de la película era mejor que el de la novela. Siempre creí eso hasta que un día entrevisté al director y protagonista Iván Feo y él me aclaró que a él también le hicieron creer que el final de la película era mejor que el de la novela, pero no. “El final de la película es final del libro de Adriano, sin más ni más”, explicó Feo en una entrevista que fue radiada en un programa que tuve hace apenas un año y que olvidé el camino de regreso.

En esos años, cuando apenas tenía 17 o 18 años había escrito mis primeros cuentos y que están recogidos en El bolero se baila pegadito. Por aquella edad conocí a unos amigos de mi padre, Teresa y su esposo, unos estudiantes de los últimos semestres de Letras de la UCV. Al conocer de mi interés por la literatura, me hicieron una lista -que aún conservo- de los libros que debía leer si me interesaba la escritura.

La tarea me fue un poco pesada. Había muchos libros clásicos que eludía por los más contemporáneos. Era una cuestión de gustos y para colmo, empecé la universidad en la escuela de Economía. Recuerdo que había seleccionado Comunicación Social, en primera opción, Medicina y Economía, en segunda y tercera opción, respectivamente. Pero el CNU a ciegas decidió que mejor era Economía. Ahí comencé a leer otro tipo de libros. De sociología, de historia económica y de teoría política.

Y estando en el segundo semestre quedé becado por el Centro de Estudios Rómulo Gallegos para realizar el taller de narrativa que abandoné a la tercera semana porque se impartía en el mismo horario de las lecturas de El Capital de Marx. Y Marx mataba a taller de literatura, en aquella época, y fui expulsado del Celarg por inasistencia. Me llamó el director y me lo dijo sentado desde su escritorio. Y así reza en la breve nota curricular que aparece en la contraportada de El bolero se baila pegadito y al aparecer varios miembros de esta institución y egresados de ese taller se molestaron. Nunca entendí la falta de humor.

Cualquier cosa, comentario o foto pueden trasladarlo a uno a ciertas épocas. Esta vez fue una novela de un japonés.
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