1.2.07

Adriano no provoca

Borges, me refiero a Jorge Luis, el escritor, era una gran provocador. Más aún si se encontraba frente a un periodista. Se divertía dictándole titulares que disgustaban porque siempre iba a contracorriente. Sólo el lector avezado a las declaraciones de este personaje (personaje literario de sí mismo, algunas veces), sus ficciones y el tiempo, lo disculpaba.

Nombro en principio al escritor argentino porque estoy seguro de que podríamos estar de acuerdo en la cantidad de disparates que el autor de El Aleph le ha propinado al lector y, sin embargo, uno termina con un rictus en la cara porque llegamos a pensar que hay un toque de genialidad detrás de cada frase de Borges.

En nuestro patio tuvimos a un gran provocador: Juan Nuño. Sus artículos de opinión siempre generaban polémicas, porque tenía una capacidad para estar en contra de todos y de todo. Si alguien disertaba sobre la importancia del capitalismo o del socialismo en el mundo actual, de las propiedades benéficas del aguacate o de cómo le entra agua al coco, Nuño tenía razones fundamentales, e inclusive filosóficas, para rebatir cualquier discurso y restarle la importancia al mundo actual y demostrar que al coco no le entra agua.

En su momento llegó a ser una cuestión de prestigio tener una diatriba pública con semejante articulista. No importaba si el contrincante quedaba en ridículo, porque lo que se buscaba, a fin de cuentas, era que Nuño te llevara contra las cuerdas y te diera hasta en la cédula.

En la década de los sesenta del siglo pasado un grupo de artistas y escritores que se reunían bajo el nombre de “El Techo de la Ballena” provocaban al público de las bellas artes y las letras con panfletos, manifiestos, exposiciones, entre otros artefactos. Cada movimiento de este cetáceo tenía como fin buscar las nalgas de la sociedad y pellizcárselas.

En esa cofradía del siglo XX se encontraba –y “sobresalía”, según el ensayista Ángel Rama– el escritor Adriano González León. Intelectual que por estos días decidió abandonar el silencio y sentenciar que “El venezolano lo único que lee es la Gaceta Hípica”. Y uno se pregunta, en qué tiempo quedó estacionado el carro de González León para que nos recuerde algo que nos va costar imaginar: ¡Gaceta Hípica!

Pero no contento con eso, el autor de País Portátil al parecer está claro cómo se come el socialismo del siglo XIX sin que nos dé indigestión. Porque para él, el socialismo es un sueño hasta que se materializa. Es decir, mejor no inventemos porque quien fuera premio Seix Barral hace casi 40 años no cree que de todo esto, es decir, la revolución bolivariana o el socialismo del siglo XXI, vaya a salir algo bueno. En otras palabras: Muchachos, olvídense del tango que ya Gardel murió. Discutir así, Adriano, no provoca.
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