21.12.05

Apareció Arlt

Todos estos días estuve rumiando porque sabía que me faltaban libros después que los retiré de las cajas y los coloqué en mi nueva biblioteca. Por un momento llegué a pensar que me habían robado unas cajas o que habían desaparecido. Esto último era más factible que lo primero.

En toda mudanza uno empieza a arrinconar las cajas en lugares oscuros, algunos en los armarios. En este último lugar los busqué y conseguí los libros de Roberto Arlt acompañado de su tocayo Juarroz, unos de Julio Cortázar que se habían apartado inexplicablemente del lote inicial, que apareció al principio, y otros de Ernesto Sabato, que aparecieron todos, menos Sobre héroes y tumbas porque era prestado y cometí la estupidez de devolverlo. Los de José Donoso que creía perdidos fueron saliendo uno a uno, menos El jardín de al lado, pero conseguí El obsceno pájaro de la noche y La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria, una noveletta que siempre que la releo hace que eleve la libido. Su lectura da placer en todos los sentidos de la frase o de las palabras.

De estos y otros autores, como Ricardo Piglia y Jorge Asís, estaba acompañado Arlt. Que hayan estado juntos estos tres, Arlt, Piglia y Asís no es mera casualidad, incluso encontrarlo al lado de Cortázar. Todos ellos de alguna manera se sentían arltianos o admiradores de su obra.

Gracias a Flores robadas en el jardín de Quilmes, de Asís, conocí a Roberto Arlt. En la novela lo menciona en todos los capítulos y por un momento llegué a pensar que era un personaje, que era ficción, pero como también aparece Jorge Luis Borges, me dije: “no puede ser, Arlt tiene que ser un escritor de verdad”. A estas alturas de la historia debo confesar que para ese entonces no existía internet, mucho menos Wikipedia. Tampoco se me ocurrió buscar en el Laurousse ilustrado.

Cuando terminé de leer Flores robadas en el jardín de Quilmes pasé un día cualquiera por Sabana Grande y fui directo a la librería Suma. Al entrar en ella, o mejor dicho antes de entrar, comienzo a mirar la vidriera, a tantear el terreno. Los libros te empiezan a seducir, los otros libros, los que no estás buscando, y es allí cuando uno se tiene que llenar de fuerzas y empezar a decir para mis adentros “no estoy buscando la nueva novela de Juan Carlos Onetti ni la de Umberto Eco, vengo en busca de Roberto Arlt”. Un momento de flaqueza puede ser atroz para el bolsillo. Recuerdo haber ido a la sección de literatura latinoamericana sin mirar para los lados y como lo busqué rápidamente y con ansiedad no lo encontré. Lo que me hizo sospechar que, definitivamente, era un personaje, que era ficción.

No sé por qué pensé que la persona que estaba frente a la caja registradora me podía ayudar. Vencí mi timidez de aquellos años y le pregunté si tenía algún libro de Arlt. “¿De quién?”, me respondió. “De Roberto Arlt”, le repetí, y su cara de interrogación me defraudó. Comencé a creer que, efectivamente, todo era parte de una ficción de Asís y me reconfortó con la lectura de Flores robadas en el jardín de Quilmes porque me hizo creer que era verdad algo que tan sólo parecía ficción.

No pasó ni diez segundos cuando un señor de barba, lentes y camisa blanca con rayitas dejó de conversar con otro que también tenía barba, pero más desaliñada, y chaqueta beige que le combinaba con los pantalones de color marrón, para acercarse a mí. Su cara delataba la sorpresa de mi petición a la cajera e inmediatamente, sin preguntarme lo que buscaba me dirigió hacia la sección de libros que había dejado atrás hacía unos minutos y me indicó en dónde estaban los libros del autor porteño.

Mientras me bajaba de los estantes Los siete locos, El jorobadito y El juguete rabioso, me iba explicando que éste último es su primer libro y que el primero que bajó era su obra capital, que tenía una segunda parte, Los lanzallamas, pero que lamentablemente no lo tenía en ese momento.

Los ojos le brillaban y recordé que ese señor que me reseñaba los libros oralmente salió alguna vez retratado en el periódico. No soy bueno para recordar caras, es algo que no se me da con facilidad, pero no me cabía la menor duda que era Raúl Betancurt y cuando volteé con los libros en mis manos, descubrí que la persona de barba desaliñada que había dejado con la conversación en stand by mientras me mostraba dónde estaba Arlt, era el escritor Salvador Garmendia. Ahora que recuerdo esto, me percato que no aparece todavía en ninguna de las cajas su libro Difuntos, extraños y volátiles.

El hecho de que Betancurt haya dejado a Garmendia para bajarme del anaquel a Arlt, fue un golpe duro a mi timidez de aquellos años porque no tuve la valentía para decir “me llevo éste y estos, no”. Pero la decisión fue acertada a pesar de que el bolsillo sufrió un duro impacto. Por lo menos dejé de tomar cerveza en el “O Gran Sol” por un mes y comencé a leer El juguete rabioso en el Metro mientras iba camino al trabajo y después seguí con El jorobadito, dos libros que marcaron la temática de lo que en esos momentos estaba escribiendo.

Mucho tiempo después leí una entrevista que le hizo Gustavo Luis Carrera a Julio Cortázar y éste último le respondía que él se sentía más cercano a Arlt que a Borges porque era como leer la calle, aunque tenía mucho respeto por el autor de “El Aleph”, más porque él fue quien publicó su primer cuento, “Casa tomada”, en una revista literaria que dirigía en Buenos Aires.

Los libros voluminosos siempre me causan cierto temor, pero una vez que los personajes logran hacerle el guiño al lector en las primeras líneas, no hay manera de parar la lectura. Así me sucedió con La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique; El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso; Doña Flor y sus dos maridos, de Jorge Amado; entre algunos de los libros que he comprado y los he dejado en la biblioteca por el tamaño del lomo hasta que les llegó su hora.

Hay libros que no pueden esperar mucho y ese fue el caso con Los siete locos. Una vez que uno empieza a leer la primera línea, lás páginas se van haciendo ligeras.

Juan Carlos Onetti llegó a escribir que Arlt “nunca plagió a nadie; robó sin darse cuenta”.

“Roberto Arlt tradujo a Dovstoyevski al lunfardo. La novela que integra Los siete locos y Los lanzallamas nació de Los demonios. No sólo el tema, sino también las situaciones y personajes. María Timofoyevna Lebiádkikna, «la coja», es fácil de reconocer; se llama aquí Hipólita; Stavroguin es reconstruido con el Astrólogo; y otros; el diablo, puntualmente se le parece tantas veces a Erdosian como a Iván Karamázov”, había escrito Onetti en un prólogo de El juguete rabioso, para la edición de Bruguera.

Este prólogo lo releí muchos años después y fue cuando comprendí que ya no tenía que leer al novelista ruso. Que ya lo había leído en un lunfardo comprensible y eso me quitó todo remordimiento. Si algún día lo leo, a Dovstoyevski, digo, comprobaré lo que Onetti devela en una edición que ya no existe.

Una vez que lees a Roberto Arlt sólo queda un camino: arltequizar y regalar libros de él. Pero además, sucede lo inadvertido: comienza a aparecer en todos lados, en libros de ensayos, en cuentos, en novelas y hasta en canciones de Fito Páez.
Ganas de matar,
dos copas de más,
una risa curda,
un libro viejo de Roberto Arlt
que no me deja en paz.


“Tengo una muñeca que regala besos”Enemigos íntimos
Ricardo Piglia, por ejemplo, no para de hablar sobre este escritor de Aguafuertes porteñas. Es un personaje recurrente en sus cuentos y novelas. Hay una conversación de Renzi y Marconi, en Respiración artificial, que recuerdo y tengo una marca en el libro. Siempre la leo en voz alta a los borgianos que no han leído a Arlt. Ellos -Renzi y Marconi- disertan sobre la muerte de la literatura argentina y llegan a la conclusión que esta ocurre en 1942, cuando muere Roberto Arlt, dice Renzi, y dictamina que “lo que sigue es páramo sombrío”. A mis amigos borgistas, no les causa mucha gracia esta conversación, por supuesto.

No sé por qué llegué a pensar que había perdido estos libros, los de Arlt, pero no fue así, por suerte. Aparecieron todos, juntos, como si estuvieran atados. Pero sólo ahora caigo en cuenta de que “sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido”. Estas comillas, estas palabras, son el epígrafe del libro de cuentos Nombre falso, de Piglia, y le pertenece seguramente a Erdosian o a Roberto Arlt, que es como nombrar a la misma persona o al mismo personaje. No importa.
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