17.12.05

Biblioteca en orden

Después de unos cuantos meses de haberme mudado, por fin pude recuperar mis libros de las cajas. Desempolvarlos es algo que exaspera, especialmente a las manos, pero acomodarlos, ponerlos en el lugar adecuado, es un verdadero ejercicio literario.

Recuerdo que en mis inicios como lector logré tener una biblioteca mas o menos consistente: cuatro tablas de apenas metro y medio que logré atornillar en la pared de mi cuarto de habitación en forma paralela. Allí coloqué como mejor pude los libros que había leído y que estaba por leer.

Mis primeros lecturas fueron Bestiario, de Cortázar, La tregua y La muerte y otras sorpresas de Benedetti, El túnel de Sabato, pero debo advertir que primero leí La Dama y el Vagabundo de Walt Disney después de haber visto la película cuando tenía siete años, le siguió Platero y yo y a los 10 años me regalaron en mi cumpleaños Los cuatro aventureros de Enid Blyton, libro que siempre confundí con uno de Stevenson, La isla del tesoro, y siempre decía que lo había leído, cuando en realidad no era cierto. Lo que pasa es que la película de La isla... se parece mucho a la trama de los cuatro aventureros. Allí radica la confusión. Pero no importa, ya había leído La Edad de Oro de José Martí y eso salva desmemorias pasadas, presentes y futuras.

Con estos pocos libros comencé a montar mi biblioteca personal y con unos libros de mi padre que tomé prestados de la biblioteca de la sala sin su permiso. Llegó la poesía de Pablo Neruda a mis manos y después a los estantes, y le siguieron Así se templó el acero de Nicolai Ovstroski y la poesía de Vallejo. La madre nunca la compré ni la leí porque era un libro que mandaban a leer como castigo en la escuela donde estudiaba y eso me marcó profundamente. García Márquez entró con El coronel no tiene quién le escriba y le siguió Cien años de soledad con la E al revés. Los libros de mi padre poco a poco fueron retirados de mi biblioteca para ocupar su antiguo lugar en la de la sala.

Borges llegó tarde por razones meramente políticas. Todavía estaban frescas sus declaraciones a favor de las dictaduras militares. Después se reivindicó con el Nunca más que hizo con Ernesto Sabato donde denunciaba las atrocidades y desapariciones en Argentina. Aunque ya había comprado un libro que me atraía: El hacedor.

Ordenarlos era relativamente fácil. No había problemas en colocar a Cortázar al lado de Vargas Llosa y este al lado de García Márquez sin importar o desconocer que ellos ya se había caído a coñazos por discrepancias de faldas o de posiciones políticas.

Recuerdo que una vez me ausenté de la casa, estaba de vacaciones con unos amigos a la isla de Margarita y mi madre tenía, tiene y tendrá la manía de cambiar las cosas de lugar cuando asea la casa. En ausencia de mi hermano y yo, limpió el cuarto que compartíamos, cambió la disposición de las camas y demás artefactos. Lo único que no pudo cambiar de lugar fueron las tablas que hacían de biblioteca porque estaban atornilladas en la pared, pero quitándoles el polvo mezclado con el smog que genera vivir en los bloques de El Silencio, se le cayeron los libros. No sucedió ningún percance que lamentar, sólo que incorporó nuevamente los libros a las tablas por orden de tamaño.

No podía criticar a mi madre por el orden que había dispuesto para los libros. Estaba claro que la literatura le interesaba muy poco y era muy feliz. Mejor dicho, es feliz. Ahora es autora de un libro de panes que publicó Los libros de El Nacional.

Volver a ordenar los libros en aquella época me fue fácil, especialmente porque eran pocos. Hace unos meses me percaté que había perdido definitivamente que había extraviado un libro que leí con pasión y guardé con celo: Días y noches de amor y de guerra de Eduardo Galeano. La pasión era porque siempre iba a él porque allí estaban historias de amigos que nunca conocí, de sus luchas con sus anécdotas que mostraban el lado humano de personas que en algún momento me la habían endiosado y yo creí. Lo cierto es que el libro lo volví a conseguir, no era el mismo, no era la misma portada, ni la editorial, ni tiene la dedicatoria de Carlé (Carlos Gabriel Torres Solarte), que fue quien me la regaló apenas apareció en 1978. Él tenía 14 años y yo también.

Ahora que me he mudado, ya no recuerdo cuántas mudanzas he tenido en la vida, pero una buena parte de esa biblioteca aún permence conmigo, incluso Los cuatro aventureros. Y con los nuevos libros comencé a ordenarlos. A la izquierda y arriba coloqué los de Cortázar, incluyendo los tres tomos de las Cartas que me regaló Antonio hace un par de meses. Arriba y a la derecha Borges y Bioy Casares. Fue un acto instintivo, de equilibrar el peso, puede ser, y si quieren, puede ser también literario.

Salían de las cajas con cierto desorden literario porque en definitiva, todo no es literarura, ahora tengo libros de filosofía, diseño, tipografía, periodismo, libros que leo como si fueran novelas. El problema es que ahora tengo autores nuevos que no están a la altura de Cortazar ni de Borges y en eso aparecen los de Vargas Llosa y los coloco lejos de lo de Marx y de Ludovico Silva. Ahora están al lado de Cortázar por un asunto meramente literario y así empieza a ser todo más fácil. Se colocan al lado Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, todo Ernesto Sabato y Saramago. Los de poesía los puse la parte más baja. No tengo ninguna explicación para ello y que me perdone Gonzalo Fragui, como tampoco la separación de la literatura venezolana. Están a mi izquierda, a la mano, aunque Israel Centeno hubiera preferido que lo pusiera a la derecha.

La disposición que tienen ahora no es la definitiva. Hay otros libros que están en mi oficina y pronto recuperarán su espacio en la biblioteca. Y ya se está quedando pequeña, más cuando Rubén Witzoski me acaba de confirmar que comprar toda la colección de Biblioteca Ayacucho, la negra, no llega a costar los dos millones de bolívares. Toda una ganga.
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