La segunda edición de
El Librero –una revista gratuita que dirige acertadamente
Sergio Dahbar– publicó una entrevista al escritor venezolano Eduardo Liendo. Y, lamentablemente, la entrevistadora en vez de aprovechar para conversar sobre literatura o la vida, le pregunta las cosas más hirientes y lacerantes que le pueden hacer a un escritor: distribución, exhibición y venta de sus libros.
De esas respuestas sale una frase para el título de la entrevista: “Si Rulfo hubiera sido venezolano, sus obras serían semi-clandestinas”. Pero inmediatamente después, Liendo afirma que “quizás a Gabriel García Márquez le hubieran dado el Premio Nacional de Literatura en decisión dividida. Porque nosotros, los venezolanos requerimos siempre del juicio de los otros para valorar nuestros propios autores”.

De lo que no se percata Liendo es que
Juan Rulfo quizá sea semiclandestino en México, incluso en DF. Recuerdo que
Octavio Paz se quejaba de que la primera edición de sus libros era de ocho mil ejemplares. Y, para más señas, los primeros mil ejemplares de la novela
Pedro Páramo fue a parar a los depósitos de la editorial Fondo de Cultura Económica porque no se vendieron.
La sorpresa vino después, cuando un catedrático estadounidense escribió un ensayo sobre la novela y fue reseñada en los medios. Es decir, Rulfo salió de la clandestinidad gracias a que alguien, algún foráneo, dijo que su obra era el espejo de una realidad cultural.

Sobre
Gabriel García Márquez quizá pueda estar de acuerdo, aunque las distinciones nunca dicen mucho. El Gabo recibió el Premio Nacional de Literatura de Colombia en 1963, es decir, antes de haber sido publicada la novela que lo consagró,
Cien años de soledad (1967). Obra que, por cierto, fue rechazada por varios editores, entre ellos, por su amigo Carlos Barral —editor de Seix Barral— que le recomendó que se dedicara a otra cosa. Por suerte el Gabo no se desanimó. La historia posterior es harto conocida y la anterior, también.
A Isabel Allende la editorial Monte Avila le rechazó
La casa de los espíritus; a Julio Cortázar un amigo le aconsejó destruir “El perseguidor” y existen más casos, pero menciono estos, nada más, para no aburrirlos con una lista de desaciertos editoriales. En tal caso, si hay una decisión dividida será porque se tiene más de un Gabo para un solo premio y eso, malo no es.
Quizá en Venezuela hay mucho por hacer, por escribir, por discutir. En el campo literario, por conocer, por supuesto. Hasta ahora sólo tengo el conocimiento de un caso virtual que intenta recoger de manera sitemática a los
autores venezolanos y que se quedó corto con el nombre:
Ficción breve. También existe el portal
Sololiteratura, pero está incompleto, ni siquiera aparece indexado
José Roberto Duque. Qué pena con ese
señor.
Y para terminar, en los anaqueles de las librerías se puede encontrar
Quiénes escriben en Venezuela. Diccionario de escritores venezolanos (siglos XVIII a XXI), de Rafael Ángel Rivas y Gladys García, pero también se puede conseguir en digital en la
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Por cierto, al principio de este intento de artículo presenté a Eduardo Liendo como “escritor venezolano”. Llegará el día en que nos acostumbremos a decir solamente “escritor”, a secas.